2 de agosto de 2007

La utopía hecha realidad: entrevista con Jacobo Siruela, por Clemente Corona


Entrevista publicada en ClubCultura #19 (septiembre - octubre 2007).
Se dice que en España se lee poco y se edita mucho. Demasiados libros, que combaten por la atención del lector-comprador de todas las maneras posibles en una guerra que –parece- sólo tiene como vencedores a volúmenes que no lo merecen. Por eso, hay personas –muy pocas- que resisten los embates del mercado y de las modas y arriesgan tiempo, tranquilidad y dinero en editar los libros que ellos gustarían de ver en las estanterías de los buenos lectores. Y Jacobo Siruela (Madrid, 1956) es una de esas personas, un editor que destaca en la estirpe de grandes editores españoles y cuyos libros –primero en la editorial de la que tomó, pasado el tiempo, su apellido, y ahora en Atalanta- son siempre promesa de calidad y amor por la literatura. Un amor que llega al lector en un continente que engrandece, si cabe, el contenido. Los libros tras los que se encuentra la mano de Jacobo Siruela son pequeñas obras de arte hechas con mimo pero, sobre todo, conocimiento de buen lector.
¿De dónde nace el querer, hace ya más de 20 años, editar libros?
De una pasión, que es en el fondo lo más sensato, ya que si uno se mete en este negocio por motivos exclusivamente crematísticos, entonces, o es un ingenuo, o está loco de remate. Mi pasión en esa época fue el descubrimiento de la literatura artúrica, que es casi el descubrimiento de toda una mitología.
¿Cómo fueron sus comienzos como editor? ¿Qué condicionaba los primeros catálogos: su gusto, la disponibilidad…?
Siempre he seguido los dictados de mi propio gusto. Es lo más importante en un editor, y es ahí en donde puede verdaderamente aportar algo. Siempre se habla de si alguien ha descubierto a tal autor o a tal otro, cuando eso es lo que menos importa. Muchas personas se cuelgan medallas con este asunto, cuando la verdad es que esto es siempre azaroso. Lo importante de un editor, o de una editorial, es tener un catálogo claro, identificado con determinados gustos y preferencias que correspondan a una idea de la literatura o el pensamiento. Lo importante de una editorial no es su nómina sino su estilo, no solo en cuanto a temas y autores sino a cómo presentarlos al público; es decir, cómo son las traducciones, las portadas, las solapas, los criterios de edición, incluso los anuncios y promociones. Todo eso es lo que identifica y define el estilo de una editorial o de un editor.
Siempre ha demostrado una querencia a libros que enriquecen: artúricos, de literaturas “periféricas”… ¿Qué le atrae de ellos? Usted ha demostrado que hay “mercado” (lectores interesados) en ellos...
Bueno, cuando empecé, gané el premio de Ministerio de Cultura al libro mejor editado del año con mi primer libro editado, una edición limitada de lujo de La muerte del rey Artur, una interesante novela inédita y anónima del siglo XIII, y esto hizo que se agotaran en tres meses los 500 ejemplares numerados. Luego, pensé: si a mi me chifla esta literatura, por qué no le va a pasar lo mismo a otra gente. Y así fue. Era una locura, pero dí en el clavo. Y es que las cosas, cuando son auténticas, siempre encuentran su público.
De repente, con su editorial Siruela instalada en lo más alto (resultados, prestigio, reconocimiento) decide dejarlo. ¿Qué fue lo que le hizo tomar esa decisión?
Nunca lo cuento, porque además la gente no se lo cree, viniendo de la familia que vengo. Pero tenía un problema económico muy incómodo que ahora, como es lógico, no voy a detallar. Pero además, también tenía una especie de insatisfacción existencial. Me había convertido en un empresario, la empresa me había comido, y ya no me podía dedicar a la edición como yo quería. Además, lo peor de todo es que casi no tenía tiempo de leer, que es de las cosas que más me gustan en este mundo. De manera que decidí vender y empezar otra vez desde cero, con una pequeña editorial artesana que me permitiera recuperar la felicidad de editar libros.
¿Qué quiere que sea Atalanta?
Para mi Atalanta es una utopía hecha realidad. Junto a mi mujer, elijo un libro o un autor; me vuelvo especialista de él; busco un buen traductor y prologuista especializado, diseño el libro, escribo las solapas y colaboro directamente con todos mis magníficos correctores... Luego viene la parte comercial que también a una escala pequeña es estimulante. Empezar de nuevo tiene sus problemas, no es coser y cantar, es un buen ejercicio de humildad en todos los sentidos, pero por otro lado, ¡rejuveneces tanto! Y, personalmente, ahora me vuelvo a encontrar libre y en contacto con los lectores y con todo el proceso directo de la fabricación del libro.
¿Cuáles son las directrices que guían el catálogo de la editorial?
Tres ideas básicas. En literatura, la brevedad - pues los cuentos son un género mal visto en España - y desde mi punto de vista se encuentra lo más perfecto de la literatura, de ahí que publiquemos una serie muy escogida de cuentos o "nouvelles", con prólogos largos para que el lector pueda enterarse bien qué y quien está leyendo. Las dos otras ideas, son la memoria y la imaginación. La memoria en cuanto a que me gusta rescatar grandes obras del pasado, como el Genji o el Yijing, y profundizar en las culturas de la Antigüedad que cada vez estudio más y que cada vez creo que tenemos tanto que aprender de ellas. La tercera colección, Imaginatio vera, es lo novedoso de Atalanta, pues pretendo dar una idea nueva y mucho más amplia de la Imaginación; y, estoy satisfecho por el impacto que han tenido algunos libros de esta colección entre un amplio espectro de lectores, cultos e inquietos, que me escriben y me dicen que determinado libro les ha cambiado su forma de ver el mundo. Que un libro tan fuera de los cánones culturales españoles como es, por ejemplo, Realidad daimónica haya encantado a autores tan interesantes como Millás y Pámies es una prueba de que las cosas están cambiando, y que se está produciendo un cambio sustancial en los paradigmas del mundo.

Autores como Conrad, Turguéniev o De Quincey en ediciones repletas de mimo y buen gusto. ¿Es esa la receta perfecta: contenido más continente?
Creo que el contenido no puede disociarse de la forma. Una gran novela con una cubierta banal, ¿no es una falta de respeto hacia el texto? Y creo que se trata de eso, principalmente, de ofrecer calidad en todos los aspectos. Ofrecer placer tanto para la inteligencia como para la yema de los dedos o los ojos. Y eso el lector siempre lo agradece.