1 de noviembre de 2007

Ley de la Propiedad Intelectual


Me gustaría ser creyente no para romperle la madre al retratado con el mismo odio con que él nos la rompe a nosotros, si no para poder emplear términos como "blasfemia" o "pecado" con los que definir el discurso que tantos y tantos -siempre demasiados- malnacidos vociferan para excusar que ellos y los suyos dejaron de ser los presidentes y los ministros de aquí, españa. Esta ignominia es otra de esas mierdas tan propias de aquí, la patria, con las que vivirán muy bien las generaciones futuras de hispanistas anglosajones, que es para lo que nos hemos quedado y algo que siempre se nos ha dado muy bien, dar de comer a hispanistas anglosajones a cuenta de nuestras inquinas, nuestra maldad y nuestra ignorancia. ¿Qué dirán estos malnacidos, indignos de concejalías de pueblo y peor hallados en la capital, la próxima vez que camaradas de armas de los acusados como inductores o autores intelectuales, son los términos que utiliza la sentencia, no han sido condenados como tales, decidan seguir con lo suyo y llevarse por delante a un puñado de nosotros? ¿Será entonces, también, fruto de una tan tremenda conspiración neo-judeo-masónica que ni los americanos se atreverán, cobardes ellos, a desintrincar? Qué pena no ser creyente para así tener el consuelo de que los malnacidos que mienten, que nos metieron en una guerra y además se llenan la boca con aquí, españa, se pudran en el mismo infierno que los de más allá, mucho peores y que sí, que se sabe, están en desiertos lejanos, más lejanos que los Torozos. Todo va de Dios. Y de Poder, que es Dinero. Pues mejor seguimos con el ateísmo y los amigos con puesto en El Rastro que nos fían los libros que les venden los ladrones.
El malo es el malo. Pero los que nos meten en guerras también son malos.