28 de enero de 2007

Zanjas


Durante tres semanas de 1944, una compañía del ejército nazi, la 16th SS Panzergrenadier Division, campó como un ejército del infierno por Marzabotto, un pueblo en los Apeninos, cerca de Bolonia. Siguen encontrando restos, así que aún no han terminado de aparecer muertos: se esperan 1.800. Hubo empalamientos de civiles. La asesinada más joven fue una niña de veinte días.
Así, aunque había conocimiento de ello pero no reconocimiento oficial, han pasado sesenta y tres años hasta que un tribunal italiano ha podido denunciar a diez de los participantes en la carnicería. Hombres que hoy tienen entre 80 y 90 años. Se pagará a los descendientes. Los criminales no serán extraditados, pues son muy viejos. Morirán mirando a los suyos. Pasarán más o menos plácidamente los últimos años de su vida, bien atendidos, con sus necesidades materiales bien cubiertas y caprichos que endulzen lo que tardará en llegar la muerte. Como si no hubieran matado bebés al tiro al plato.
A veces el asco es demasiado obvio. Dolorosamente obvio.

8 de enero de 2007

privacidad


En 1993, dos hombres provenientes de Europa aterrizaron en el aeropuerto JFK de Nueva York. Sin ningún tipo de documentación, ni siquiera falsa. Uno de ellos fue detenido en el mismo aeropuerto, pues llevaba consigo un manual con instrucciones para fabricar bombas caseras. Las autoridades de inmigración le citaron para una vista con un juez dos semanas después. Los dos hombres dejaron el JFK y, en un taxi, se zambulleron en la marisma humana que es la capital de Occidente. Apenas un mes más tarde, seis personas morían y decenas resultaban heridas por la explosión de una furgoneta cargada de explosivos en la base de una de las torres del WTC. Las investigaciones posteriores -demasiado posteriores- sirvieron para desmantelar una célula de Al Qaeda y descubrieron, entre otras muchas y aterradoras cosas, que el hombre que nunca visitó al juez era el jefe de esa célula. Es algo que se ha hartado a contar Richard A. Clarke, que pasa por muchas cosas, pero no por un halcón. Ah, aquellos buenos viejos tiempos en los que montar en un avión en un aeropuerto estadounidense era tan sencillo y poco sospechoso como entrar en un cuarto de baño.
En 2004, aún no sé cómo, alguien consiguió de alguna manera los datos de mi tarjeta de crédito y la usó. También en ese año -y en los anteriores, y en los posteriores- encontré en un puesto del Rastro de Madrid una pila de historiales clínicos de la unidad de psiquiatría de un ambulatorio de la Seguridad Social. Mi privacidad no está en buenas manos y no merece comentarios de gurús radiofónicos.
Comprendo los temores de parte de la sociedad americana ante el anuncio de que el FBI registrará y archivará las huellas digitales completas: entre otras muchas cosas que les diferencian de la vieja -y cada día más decadente- Europa está el querer saber lo mínimo del Estado y, por supuesto, que el Estado sepa lo mínimo posible sobre ellos. Ni siquiera hay carnet de identidad. No hay apenas registros oficiales, más allá de números de la seguridad social y de licencias de conducir. Ya se sabe, americanos.
Pero, en este lado del lago, vienen los editoriales de los periódicos y, lo que es peor, las tertulias de fumadores en las puertas de los edificios. Los mismos que se pasean por el espacio Schelegen con el DNI terminan sus intervenciones con el convencimiento de que todo lo que les pasa a los americanos les está bien empleado. Personas que no recuerdan que no hace tres años murió gente de Santa Eugenia en un tren de Renfe que pagamos todos, emplean términos como fascistas o chulos para definir a gente que lo único que quiere -hay mejores métodos, tal vez; pero este no es malo- es que no entren extraños en casa con la intención de matar a la abuela. Personas que apuran el cigarrillo sin querer saber a cuántos de los familiares de la señora que cuida de sus hijos paran en los aeropuertos españoles porque han nacido en un país pobre. A esos no les piden las huellas dactilares, les piden dinero en el banco y un billete de vuelta. Y, para salvaguardar su intimidad, esas personas lo tienen fácil, realmente fácil: no ir a Estados Unidos. Obligan a muy pocos.

1 de enero de 2007

Stirling Prize


Al hombre le preguntan y no sabe qué contestar. Si lleva poco tiempo por aquí, puede que no haya oído hablar de ellos. Como mucho, algo de una tregua pero sin saber a ciencia cierta de qué va la vaina: apenas hojea los periódicos que hay en el trabajo y sólo mira tres o cuatro cosas del que le dan en la boca del metro -que es distinto al que reposa en la mesa del locutorio- las pocas veces que coge el metro, y por que se le haga el trayecto más entretenido. Donde nació y vivió casi toda su vida también hay muertos, y bandas armadas que aúllan excusas peregrinas para delinquir. Pero tiene claro, muy claro, que nada de esto iba con él y con los suyos, y que tiene un hijo menos.
Y ahora, esa puerta de modernidad que es la terminal del aeropuerto -premiada, funcional, orgullo de nativos y visitantes- se ha venido abajo. La pretensión de modernidad, de salud nacional -económica, social- se ha derrumbado. Claro que era todo mentira: un país no es un aeropuerto, sea España o Dubai. Otra vez otra furgoneta se lleva por delante a personas. Las razones no existen, las soluciones tampoco. Allá en Europa la Vieja -esa que queremos alcanzar a golpe de autovía y licencias de telefonía y banca por internet- esas cosas no pasan. Lo más parecido en Irlanda, pero es otro deporte, y la comparación no vale. Somos únicos, en este país. No hace falta que nadie venga a jodernos, que ya nos jodemos sólos. ¿Se puede decir que la cosa -la cosa- va bien? Pues se puede decir que no va mal. Hace veinte años eramos la última letra de los PIGS, y hoy, la octava potencia del mundo. Pero eso no nos convierte en un país serio: arranco mi parte de responsabilidad en ello con el convencimiento de que nunca lo fuimos y en la ensoñación de tener otro pasaporte. En un país serio y de buena salud como este, los veinteañeros no dejan explosivos en los aparcamientos, ni los gobiernos tienen miedo, ni las oposiciones niegan la historia, ni los fascistas se manifiestan, y en los días siete y once de cada mes toman más café del habitual para estar más concentrados. Ganas de complicar la vida: si hubiera un dios mereceríamos que nos arrasara por desagradecidos.