18 de febrero de 2007

La ruta de la seda

ENTREVISTA CON EDOARDO NARDUZZI
No hay que estar abonado a canales digitales de informativos o pertenecer a élite alguna para saber que todo cambia muy, muy rápidamente. Que lo que parecía sería el acontecimiento más importante para nuestra generación –por lo menos en Occidente-, la caída del Muro, ha sido olvidado poco más de quince años después porque cada poco tiempo hay algo con más poder aún –los ataques terroristas, catástrofes naturales, la ocupación de Irak- que hacen del mundo un lugar cada día que pasa menos seguro que el anterior y sacude la vida diaria de esos tan pocos como afortunados centenares de millones de personas que conforman la clase media. Casi, casi, una especie humana en sí misma, confinada en Occidente y que, nos dicen Máximo Gaggi y Edoardo Narduzzi en "El fin de la clase media y el nacimiento de la sociedad de bajo coste" (Lengua de Trapo), está cercana a su fin. Un producto europeo para el mundo con el que el continente ha formado su european way of life y al que las economías emergentes e imparables, el ensimismamiento del confort y la incorporación de –ahora sí- miles de millones de personas en los cinco continentes a una economía de consumo voraz que reclama y encuentra servicios de bajo coste antes impensables, amenazan con convertir en una reliquia.

Massimo Gaggi (subdirector del Corriere della Sera y actualmente columnista y corresponsal en Nueva York) y Edoardo Narduzzi (empresario en el sector de la alta tecnología) le dan a al lector todo lo que puede buscar en un ensayo: rigor, amenidad y hacer bueno el tópico de poner los puntos sobre las íes. El fin de la clase media… es uno de esos libros que aparecen de cuando en cuando que nos hacen mejores por la confrontación de ideas a la que nos invitan, el tema tratado –interesantes como pocos- y, sobre todo, porque no recurre a manipulación alguna y presenta, de una manera muy obvia, elementos de análisis y juicios certeros emitidos, tal vez, por nosotros mismos cuando nos preguntamos, desesperados en una cola eterna en un supermercado sueco, cómo es posible que un mueble de 80 kilos fabricado a 12.000 kilómetros cueste tan poco y qué consecuencias tiene eso para el cuñado de nuestro amigo, ese que tiene un comercio de complementos. La globalización ya vino y ya se quedó: Gaggi y Narduzzi (quién me respondió, muy amablemente, a esta entrevista) lo ponen negro sobre blanco. A buen entendedor…

La clase media está siendo sustituida por otra cuyos integrantes reclaman a las instituciones servicios simples eficientes y también “de bajo coste”… ¿Es esto malo per se? ¿O es sólo “malo” para nosotros y, dentro de dos ó tres generaciones, nuestro estado del bienestar será sólo un recuerdo que nadie echará de menos?
No es malo per se, porque se debe considerar que el estado del bienestar low cost es una evolución normal. En los últimos años, el sector privado de servicios ha registrado un cambio verdadero: los servicios son más personalizados y más baratos que antes. Los consumidores tienen más poder. Todo esto significa que pronto demandarán nuevos servicios a las instituciones públicas, servicios más parecidos a los privados. Este cambio será bastante rápido, y creo que en una generación todo será bastante distinto.

Ustedes ejemplifican su argumento mostrando a grandes empresas transnacionales que, a bajo coste, prestan servicios –consumo (Wal Mart), transporte (Ryanair), telefonía (Skype), ropa/imagen personal (Zara), mobiliario (Ikea)- que hace sólo unos pocos años, como ustedes apuntan en el libro, disfrutaban sólo unos pocos elegidos. ¿Qué puede ser lo siguiente?
En todos los sectores de los servicios nacerán empresas muy grandes, de dimensiones internacionales. Muchas otras empresas nuevas se formarán para ofrecer servicios especializados (focus companies) y personalizados. Es el mundo post - sector terciario, que podemos llamar "cuaternario", donde los servicios con un valor añadido se convierten en componentes fundamentales de la economía. Una sociedad y una economía bastante original, todo sea dicho, donde el elemento inmaterial interpreta un papel clave.

¿Qué queda –más allá del consumo de lujo- aún sin tocar por el low cost?
El consumo low cost no es y nunca será todo. Entre el consumo de lujo y el consumo low cost hay una dimensión amplia y larga donde los consumidores pueden buscar todo lo que quieren, porque hoy la producción es flexible y dispuesta a ofrecer de todo. El low cost es sólo una parte del consumo contemporáneo; aún si, grande y con un dinamismo creciente.

¿No hay esperanza para la clase media, aún con el ingente número de personas que sale de clases más bajas en países como India, o el sudeste asiático?
La clase media ha perdido su papel social: ya no hace falta una clase contrarrevolucionaria para parar a los obreros. Hoy vive y se desarrolla la clase de la masa, una clase fluida donde hay más posibilidades de realización y de éxito. En países como China e India no creo que se forme una clase media como la que hemos conocido en Europa durante el siglo XX. El crecimiento económico va a producir muchos consumidores, pero menos miembros de una clase clara y distinta.

Una de las percepciones que quedan muy claras tras la lectura de su libro, que más fuerza tienen, es la de que Europa no aprovecha como debiera –al menos, no como Estados Unidos- su potencial, con una economía fuerte, capital humano… y que esto no tiene visos de cambiar. ¿Es nuestro continente una Europa dormida?
Es una Europa que no quiere asumir el riesgo como debería. Hoy vivimos en un tiempo donde hay menos certezas y más posibilidades: falta transitar de una sociedad de la certeza a una sociedad del riesgo. El desafío es internacional, no tiene marcha atrás. Europa quiere ser un modelo pero, cuando modelo no gusta a nadie, tampoco a los nuevos países ex comunistas de Europa, se debe entender que algo de malo hay en él. Ese modelo se debe cambiar: no se puede pensar que el problema está en que los demás no lo entienden.

Los actuales motores principales del mundo –China, EE UU- plantean sus know-how y sus modos de vida con grandes diferencias con respecto al nuestro de Europa. Hay cosas buenas y malas. ¿Qué debería hacer Europa, qué podría importar?
Europa debe ser una sociedad innovadora, una sociedad donde el innovar en tecnología y en productos inmateriales sea la clave. Si en Europa no tenemos un Steve Jobs o un Bill Gates, es porque nuestro modelo de sociedad es obsoleto, poco abierto al riesgo y a la trasformación. Europa debe reinventarse redescubriendo el gusto revolucionario que tienen solo las ideas nuevas y originales.

¿Conseguiremos seguir viviendo en un mundo bajo Estados que nos den protección de manera aceptable o, por el contrario, según vayan disminuyendo las prestaciones estatales de todo tipo, se corre el riesgo de llegar a un punto donde no haya diferencia entre vivir en el Outback australiano que en Laussane?
No es fácil responder a eso. Creo que las diferencias se mantendrán todavía durante bastante tiempo. Pero es cierto que el mundo es más parecido, más uniforme, según pasan los años. Vivimos en una sociedad open source, donde todo se busca en cualquier lugar.
(c) Clemente Corona / revista ClubCultura