28 de junio de 2007

Xtreme Heat


Yo soy un hombre simple, y presumo de ello tanto como de ser castellano. Soy un hombre simple al que las pulsiones más comunes no afectan demasiado. Lo hacen otras cosas. Rayo en la indignación ante temas sobados, y me disculpo cuando eso ocurre alegando que estoy "demasiado cafeinado". Así, tal cual. Pero hay, en el fondo y de verdad, pocas cosas que me indignen sobre manera, que me desencajen la cara, que me muden el carácter, que me hagan fantasear con sueños que parecieran inducidos por el hachís.

Podría, claro, ponerme cosmopolita y pagado de mí mismo y recordar el trópico y los huracanes. Pero no sólo entonces han resbalado hacia abajo mis gafas por mi nariz. También lo hacían en la quinta planta sin ascensor y bajo cubierta en la que viví cinco veranos. Cinco veranos con la espalda pegada al skay de un sofá más viejo que yo. Pero uno ya se quiere sentir del Primer Mundo y, claro, aunque la sensación fuera la misma, prefiere recordar cuando se quedó parado de pie como un poste en Orlando, durante unos instantes eternos en los que hasta el olfato enloqueció. Eso fue una vez y queda lejos: ahora, no me siento culpable y destrozo el ozono a fuerza de climatizador. Y sin siquiera pensar que es mejor destrozar el ozono que la cara del de enfrente y mi certificado de penales. El solsticio de verano es, para mí, el comienzo de la temporada de abusar del freno de mano y esperar, así, a que el de enfrente se baje y molernos a golpes como bastonazos de Goya. Aunque también la temporada de caer en la mitomanía y soñar con praderas irlandesas en las que nunca deja de llover y, sobre todo, la temperatura no pasa de los veinte grados y el freno de mano sólo se usa para dejar pasar a los rebaños de ovejas.
Me pongo, sí, cosmopolita, pero no espléndido: podría decir que me sentiría más a gusto en el mundo sin Sarkozy cuando, de verdad, como me sentiría más a gusto sería sin el verano.

¿He dicho que presumo de simple y castellano?

14 de junio de 2007

Tierra de Mareas: una entrevista con Terry Gilliam


Ya puede Terry Gilliam (Minneapolis, EE UU, 1940), el bueno de Terry, ser uno de los dueños de una de las filmografías más interesantes y arriesgadas del cine de las últimas décadas; ya puede presentarse ante la prensa vestido como un bonachón y prototípico turista inglés en Levante, repetir que ha renunciado a la ciudadanía estadounidense y soltar una carcajada sincera, de buen hombre, para cerrar las frases, que siempre levantará ampollas. En la promoción de Tideland, su última película, que ha tardado dos años en llegar a España, le persiguen como una maldición las protestas puritanas ante las escenas de una niña preparando los chutes a su padre y el recuerdo de un supuesto enfrentamiento con los periodistas en Cannes. No esconde que esta sea una película fácil: la historia de una niña dejada a su suerte en mitad de la pradera canadiense, con un padre muerto sentado en la mecedora de una casa en ruinas, y acogida por una pareja de hermanos algo disfuncionales, sacude la conciencia del espectador del mismo modo que le maravilla. Pero Terry está curado de espantos, y no sólo por los más de cuarenta años que lleva siendo un cómico de la legua, desde que se dio a conocer con esa pandilla que casi hace hundirse a –lo que quedaba- del Imperio Británico. También, por cómo le ha tratado el show bizness, o tal vez precisamente por eso. Terry, el gran Terry, aprovechó una de esas “pausas” que los productores de los grandes estudios acostumbrar a regalarle en sus rodajes más comerciales –seis meses de parón en Los hermanos Grimm mientras, además, se moría por la nonata El hombre que mató a Don Quijote- para, hipnotizado por una novela de un canadiense y apoyado en un reparto pequeño pero imbuido por la gracia divina, parir una película que hace al espectador revolverse en la butaca intentando definir si lo que siente es incomodidad, embotamiento artístico o el terror que, a algunos, les supone el encontrarse ante visiones y escenas proyectadas a través de un prisma del que se rompió el molde en el momento en que el director acabó la última noche de montaje. El de Gilliam es uno de esos casos –abundantes por desgracia- dentro del cine a los que de nada vale hacer ganar dinero con todas sus películas para poder rodar lo que de verdad les pide el estómago.

¿Cómo definiría una película tan inclasificable como Tideland? ¿Qué le empujó a hacerla?
Nunca sé qué decir sobre mis películas, o qué espera la gente que diga sobre ellas. Sólo puedo decir que el libro de Mitch Cullin me fascinó: fue la primera vez que leí algo fresco de verdad sobre cómo se ve el mundo a través de los ojos de una niña, con un punto de vista muy novedoso. El cine y la televisión de hoy muestran unos niños romantizados, sentimentalizados, cuando en realidad no son así, son mucho más complejos. Me atrajo mucho la idea de poner a una niña en varias situaciones muy difíciles, y ver cómo ella las reinterpretaría. Los niños no tienen miedo, son los adultos quienes lo sienten. Yo, de niño, nunca sentí miedo. Empecé a experimentarlo de adulto, pensando en las cosas que podrían pasarle a mis propios hijos. Una de las razones que me llevó a Tideland fue el que no me gusta que se presente a los niños como víctimas. Eso es algo que crean los medios de comunicación porque ayuda a vender periódicos y a incrementar las audiencias televisivas. Los niños son sólo un pequeño porcentaje de las víctimas. Sin ir más lejos, está el caso de mi propio hijo. Tiene doce años, y vivimos en una zona estupenda de Londres, con un montón de tiendas al lado. Y gracias a la televisión tiene una visión terrorífica del mundo. Cree que si va a las tiendas puede ser asesinado, robado, o violado. Y las cosas no son así, eso no es la realidad. Esa es la realidad que venden los medios.

La película parece haber sido extenuante de realizar. ¿Tuvo alguna dificultad durante el rodaje?
Lo más complicado fue encontrar una niña que aguantara en la pantalla. En ningún momento de la película Jodelle está fuera de la pantalla, aparece en todo el metraje. Si no recuerdo mal, fue seis semanas antes de que comenzáramos a rodar cuando encontramos a Jodelle, y habíamos pensado en cancelar el proyecto porque creíamos que no íbamos a encontrar a alguien adecuado. Jodelle tenía nueve años y medio en aquel momento y es un genio, inteligentísima, increíble, con un tremendo talento. Probablemente, fue la persona más madura del set. Su madre fue muy importante, la apoyó mucho a ella y a todos nosotros durante el rodaje.

Ha vuelto a trabajar con Jeff Bridges, a quien ya había dirigido en El rey pescador.
Contar con él fue una de las cosas más fáciles de Tideland. En cuanto leí el libro, me imaginé a Jeff en el papel de Noah. Le convencí diciéndole que esta era su oportunidad de interpretar a la madre de Anthony Perkins en Psicosis (risas). Hicimos un maniquí, pero es jeff quien está todo el tiempo sentado en la silla. Interesante. Aprendió a tener los ojos abiertos todo el rato, y a no respirar desde el pecho. Intepretación zen (risas). Cuando yo gritaba “corten”, él hacía “¡Ufffffff!”

Las escenas que han levantado más controversia han sido aquellas en las que el personaje de Jodelle prepara las dosis de heroína a su padre.
Jodelle era muy pequeña, pero sabía que estaba actuando. Que su personaje entendía la muerte de sus padres y, aunque no supiera todo sobre la influencia de la heroína en la vida de alguien, sí entendía que sus padres necesitaban ayuda. Cuida como una enfermera de unos padres con necesidades químicas. Si hubieran sido diabéticos, que necesitaran insulina, nadie se hubiera escandalizado; lo que cambia en este caso es que las necesidades de sus padres son de una droga mucho más peligrosa.

Los niños son muy importantes en su filmografía.
Si, Time bandits, Las aventuras del Barón Munchausen, Los hermanos Grimm… Me gusta cómo ven los niños el mundo, con los ojos muy abiertos. No están cegados como casi todos nosotros, los adultos, que claramente sabemos demasiado. Para ellos, todos los días son emocionantes, y el mundo es un lugar maravilloso que cada día puede ser descubierto. Como los locos, que lo ven todo de una manera muy parecida. Aunque quizá no estén locos. Quizá sean los más listos.

Tideland es, sin dudas, una película que no deja indiferente al espectador.
Si, es una historia con momentos intensos. Por eso me fascinó el libro: toca temas que hacen saltar resortes en el público. La muerte de los padres, las drogas, la desesperación por conservar o perder todo aquello que amas. Son cosas que leemos todos los días en el periódico, pero no del modo en que las enfrenta una niña. La novela de Mitch me hizo pensar sobre mis propias percepciones acerca de todas estas cosas. Por eso espero que la película le haga pensar a la gente. No está concebida como una película de entretenimiento de masas. Es alimento para las minorías, para gente que quiera pensar y considerar las cosas, le guste o le enfurezca. No quiero que les pregunten “¿Qué tal la película de anoche?” y respondan “Oh, estuvo bien”, si no que digan “Menuda mierda” o “Es mágica, me hizo pensar”.

¿Qué hace que sus películas se aparten tanto de las convenciones? ¿Por qué es así?
Bueno, probablemente no sea capaz de hacer una película normal, si lo dice por eso. Si pudiera, seguramente sería más rico y tendría más éxito (risas). Creo que las películas que hago reflejan el mundo como yo lo veo, y para mí son perfectamente normales pero, obviamente, no lo son para el resto del mundo. ¿Por qué es así? No lo sé, creo que hago como los niños, no ver el mundo como todos te dicen que lo hagas. Como hacía Fellini. De joven, yo pensaba que Fellini era un fantasista, hasta que fui a Roma, y entonces me di cuenta de que no, de que era un documentalista. Nadie había visto antes a esos personajes hasta que Fellini lo hizo. Pero estaban allí. Creo, además, que la obligación de los artistas –pintores, cineastas, escritores- es, a través del arte, mostrar el mundo de una manera novedosa. Así, el público puede descubrir otros puntos de vista. Desafortunadamente, no es algo que suceda a menudo estos días. Clemente Corona