16 de abril de 2008

"Una puerta al río": entrevista con Barry Gifford


La pasada semana, Barry Gifford estuvo en Madrid promocionando sus últimos libros y recitando sus poemas. Tuve el placer de conversar con él al hilo de Una puerta al río (La otra orilla), un estupendo volumen de cuentos: deliciosamente buenos, magníficamente americanos.
Podéis leer aquí la entrevista fruto de esa charla, publicada en 20 Minutos el pasado lunes. Enjoy it.

**** POST ACTUALIZADO ****
Hasta que se publique en este blog la versión completa de la entrevista con Mr Gifford, adelanto aquí el texto publicado en "2o Minutos"

La América mitológica

El escritor y guionista Barry Gifford rememora su infancia en una América que se fue para no volver


Barry Gifford (Chicago, EE UU, 1946) es conocido en nuestro país entre el gran público por sus guiones cinematográficos para David Lynch o Alex de la Iglesia (“Corazón salvaje”, “Perdita Durango”), pero es un narrador de largo aliento, emparentado con lo mejor de la tradición literaria norteamericana, como demuestra en “Una puerta al río” (La otra orilla), un volumen de cuentos anclados en lo autobiográfico y en el que, a través de los ojos de un niño de siete años, asistimos al mosaico de caminos, sentimientos y fascinación que era la América de los años cincuenta y primeros sesenta. Conversamos con el autor, que se encuentra en España presentando este libro y el poemario “Cuatro Reinas” (La Fábrica), en el Círculo de Bellas Artes de Madrid.

¿Eran los Estados Unidos de mediados del siglo pasado tan felices como lo parecen vistos desde 2008? ¿Era su intención hacer de su libro un recordatorio de aquellos años?

Bueno, no me parece que aquella América fuera el mejor de los mundos, pero sí es cierto que había terminado la II Guerra mundial, y eso trajo un montón de cambios: la gente comenzó a mudarse masivamente del campo a la ciudad, sobre todo la gente negra del sur. Por aquellos años, casi las dos terceras partes de la población vivía en el campo, todo cambió muy rápidamente: las ciudades lo hicieron, la gente dejó de trabajar en el campo para hacerlo en astilleros, por ejemplo. Hace poco, un periodista de Chicago que me entrevistaba me agradecía el que hubiera escrito el libro porque no sabía nada del Chicago que aparece en él, ahora es una ciudad completamente diferente. Menciono esto porque es exactamente lo que quería hacer: recrear, reinventar ese estado de mente que eran entonces los Estados Unidos y que, en cierto modo, es Historia. Mi historia.

¿Cree que eso forma parte de la función social del escritor, la de hacer que no se olvide la Historia?

No sé si esa es mi función social como escritor, no creo que tenga siquiera una “función social”. Todo lo que sé es lo que sé, básicamente tras 10 ó 12 años escribiendo ficción, quería cambiar y hablar de una época, los años de Eisenhower, en los que las cosas eran tal vez menos transparentes, aunque las dabas más por supuestas. Ante todo, no fueron tan buenos años como nos gusta pensar ahora: la gente fue a morir a Corea, y no supimos ver que se acercaba lo de Vietnam. Yo sólo era un niño, pero no me parece que fuera una tan buena época. La única diferencia era que había más dinero disponible para la media clase, pero eso también quería decir que había menos dinero para la clase baja. Sí es verdad que había menos delitos, menos gente desesperada… Ahora, Estados Unidos se está convirtiendo en un país del Tercer Mundo, con esa estructura de país en el que tenemos ricos y pobres pero cada vez menos clase media.

Su obra literaria y sus guiones son una radiografía de la América contemporánea…

En los años en que transcurre Una puerta al río, América era un sueño. Lo era, ahora no. Pero puede volver a serlo. Mi país se ha transformado completamente en los últimos años. Somos un país muy joven, con apenas 300 años de historia: no somos como Italia, o Grecia: no nos hemos fundado sobre una mitología, sólo el pueblo indio la tenía. Y esa ausencia de mitología, esa libertad religiosa, es una de las razones por las que ha funcionado el concepto de democracia en Estados Unidos. Ese concepto está ahora amenazado. No creo que podamos soportar otros quince o veinte años de republicanos como estos como los que mandan ahora.

Si se percibe en sus relatos un cariño muy profundo por una cierta concepción “artesanal” de la vida, alejada de la tecnificación actual…

Estados Unidos era y es básicamente un lugar donde la gente puede tener un nuevo comienzo, en el que todo es posible: en la época del libro, había menos población, más espacio para perderse, y ahora eso es imposible. ¡Con toda esta increíble revolución tecnológica es imposible perderse!

Pero usted emplea esa tecnología en, por ejemplo, su estupendo website...

Por supuesto, no quiero decir que esté contra ella. Por ejemplo, el correo electrónico me parece maravilloso y lo empleo a diario, pero no tengo móvil: no soy difícil de localizar, pueden llamarme a casa, o escribirme una carta… Y no uso el ordenador para escribir, ni siquiera una máquina de escribir: escribo a mano. Necesito esa lentitud de la caligrafía, sobre todo cuando escribo ficción. Un ordenador es tremendamente útil para el trabajo periodístico pero en la ficción necesito ser paciente. Además, la gente le da mucha importancia a estar todo el día conectado, no pueden vivir sin tecnología… pero también hay mucha gente de mi generación que no es así. ¿Crees que Álvaro Mutis escribe con el ordenador? Pues no.

Hablando de escritores, ¿cuáles son sus autores imprescindibles?

Conrad, London, Faulkner… De los contemporáneos, Jim Harrison y Richard Price. ¿Mi favorito? Álvaro Mutis.

¿En serio?

Me lo presentó hace unos años un gran amigo común, Guillermo Arriaga. Le leo en francés, mi español apenas me llega para leer el periódico (risas).

¿Qué me dice de su recital en el Festival “Spoken word” de la semana pasada en Sevilla, donde leyó poemas de su poemario “Cuatro reinas? ¿Cómo ha sido la experiencia?

Excelente. Magnífica. Tener a más de cuatrocientas personas en Sevilla, en ese escenario tan especial, pendientes de mí… Ha sido muy bonito. Hubo un tiempo en que hice algo parecido en night clubs en San Francisco, y ya entonces la gente prestaba más atención al escritor que a la stripper (risas).

(c) Clemente Corona 2008