7 de abril de 2008

Olor a frío


En serio, de verdad, no me gustan las magdalenas. Cierto es que no las he probado: igual dentro de cinco minutos como algo y se derrumban diques desconocidos en mi mente, pero, hasta hoy, eso no ha sucedido. Empero, de vez en cuando, me llevo a la boca algo que hace que, de repente, me salga de mí y me instale en Babia, los verdes y nevados campos de Babia. Me sucede, algunas veces, con algunos olores. Son pocos, pero los hay, y no sé cuántos son porque no los tengo catalogados ni, mucho menos, definidos. Y hoy, esta manaña, he olido uno. Sin hacer frío –cómo va a hacerlo en esta ciudad- me ha olido a frío. Un olor al que, para definirlo, debo recurrir a palabras que, asumo desde un principio, estarán lejos de totalizar y de de aprehender la sensación: es cabalmente imposible que yo pueda definir un olor porque yo no sé cómo se huele, como tampoco sé reconocer plantas o ensamblar muebles baratos. Y es muy difícil escribir sobre lo que no se sabe o sólo se conoce de oídas o leídas. Hay cosas que el talento no remedia: debe ser complicado –nunca lo he intentado- escribir a la littéraire y sin saber lo que es sobre una cesárea, un asedio o hacerse rico en un abrir y cerrar de ojos.

Y no, no ayuda –al menos a mí- el haber dejado de fumar. No he recuperado facultad olfativa alguna. Pero alguna vez algún olor tiene que sacudirme. No por lo intenso o lo chillón: alguna vez algún olor se cuela dentro de mí y me voltea, como los niños voltean los bolsillos para que caiga esa moneda de cobre que se esconde en la costura a la que no llegan los dedos y que apenas tiene valor. Eso me ha pasado hoy: mi moneda no es de cobre porque me ha traído recuerdos de escritor vallisoletano –sin duda alguna, una de las mejores cosas que se pueden ser en la vida y que yo nunca seré- y por uno ó dos segundos, me he sentido en la puerta de la casa de adobe de mi abuela y, sabiendo que era yo pero sin ser yo, he sabido que era un niño pequeño, que era febrero, que en la calle sin asfaltar hay cantos rodados, cachitos de ladrillo y trozos de cuerda, muchos trozos de cuerda, que son el espíritu de ese pueblo de Valladolid y de la calle de mi abuela como lo son las pintadas de los quintos o la piedra que sirve de banco de la puerta de la casa, pero, sobre todo, lo es el olor, el olor seco, sano, con trazas de campo: órganos del cuerpo del frío que ya va siendo ese olor que no puede ser otro porque se le cuelan elementos de otros sentidos, como el calor que siento en las mejillas del avergonzado sol invernal, la añoranza de las mantas gordas de cuadros que no me han quitado la temblona durante la noche o el balido de las ovejas que puntea mi andar hacia la casa en la que venden pan. Los balidos, mi abuela, las cuerdas, el sol: todo y más que se hace carne, el olor del invierno, magdalena que hoy me he desayunado en la puerta de mi casa, treinta o más años después.

Y ese olor me saluda esta mañana de abril, una mañana tonta, que me escupe en la cara -por más que me guste presumir, ante determinadas audiencias, de castellano- mi condición de chico de ciudad, de barrio madrileño: y en Madrid no huele a nada, como tampoco hace fío, tampoco llueve o tampoco nieva. Que huela en Madrid es un acontecimiento, no tanto como una boda real, pero sí uno en la categoría de fenómeno atmosférico raro por lo infrecuente: cuando huele en Madrid es como si granizara. Ni siquiera cuando las hormigoneras giraban sin parar olía a cemento. En Madrid no huele a nada, si acaso a gatos. Miasmillas que vienen del solar pagado a precio de terreno ganado al mar, y en el que ya nunca crecerán billetes pero sí arbustos, feos, que rompen las lechadas de cemento y bajo los que paren sin parar las gatas, alimentadas por locas y conductores rusos de camiones. Son miasmas pero no olor. Ya lo he dicho, en Madrid no huele, y cuando huele, también lo he dicho, graniza, y cuando graniza la piedra rompe las chapas de uralita de los tejados de las naves. Por los huecos de los impactos se cuelan los rayos del sol y por un momento los cañones de luz iluminan la vida: ergo huele.

1 comentario:

Anónimo dijo...

molan tus entrevistas!