29 de marzo de 2008

Cazatalentos


No debe perder de vista, Brian, que en los talleres de donde salen los escritores, los maestros enseñan estas cosas que usted me pregunta, o eso pone en los carteles, y no hay por qué no creerlo: cada uno llena la nevera como mejor sabe, y para futbolista -que son los que de verdad follan y ganan dinero- hay que valer, así que no tiene por qué ser mentira el que sí, que esos maestros sepan cómo incitar a la búsqueda de la literatura y, asómbrese, Brian, cómo encontrarla: como si de trufas se tratara; y, si no se encuentran las trufas, o no se sabe cómo buscarlas, o cómo enseñar a husmearlas, entonces les basta a la parte contratada y -sobre todo- a la parte contratante con, qué sé yo, espolvorear nombres de artistas y repetir machaconamente que calzar una palabra cualquiera -por ejemplo, "píxel"- diez veces en el mismo párrafo es casi poesía andaluza, es un crujido estético que te agarra las pelotas hasta hacerte llorar, es arte con el que cargar y disparar una ballesta de repetición, como las que compran en los outlets los eremitas americanos. ¡Pero, Brian! No se preocupe usted, que yo le traeré una de mi siguiente country break a Virginia Occidental; además de que son las mejores, las de la Frontera se han acabado. Internet, ya sabe.
Así y todo yo podría, Brian, claro, pues para eso me pregunta, convencerle de que hay literatura en la enumeración de objetos de las baldas de la librería negra que está a mis espaldas; o en la ausencia pertinaz de cortina o estor de la ventana; o en el conjunto-perfectamente-ordenado-por-dimensiones de revistas que hay sobre la alfombra; o en el montoncito de libros que el trabajo y el azar han dejado en mi mesa; o en mi mesa misma, que es una mesa de pino blanco, de Soria, que Ella empapeló, paciente, de viñetas de tebeos durante un jueves y un viernes santos. Sí, Brian, una mesa de pino blanco, de Soria, que antes de mesa fue tablero, comprado por mi padre y trabajado por mi primo, quién lo transformó como le pedí en lo que es, una mesa de pino blanco, de Soria, que me ha seguido por cinco casas transportada en cinco coches y en la que, sí, hay, hubo, habrá, literatura. Sólo sea por alguno -no todos- de esos libros del montoncito que el trabajo y el azar han dejado en mi mesa de pino blanco, de Soria...
Apunte, Brian: una cosa es una enumeración de objetos, y otra, más seria, el primer libro del montoncito. ¿Lo ha apuntado? ¿Sí? No ponga esa cara, no se apure, no es para tanto. Mañana le invito al fútbol. Y no me cocine más trufas hard discount que me dan gases, se lo suplico.

12 de marzo de 2008

Miguel Palancares: El habitante herido


El rayo intermitente que no cesa

La multitud ruge detrás del silencio,
el ventilador esconde las palabras de los muertos
y yo aquí sentado y las ideas apestan.
Algún explosivo simultáneo a mis deposiciones
detonará rasgando tejidos y estampados.
Amantes futuras andan maturbándose con mi imagen desencarnada,
en tanto que el pie se congela y la pierna se atrofia.
De regreso corre calle abajo con sus tacones deformados
y las bragas plegadas en el pasaje infecto.
Sobre un sofá alguien dejó de reptar
saboreando el residuo de su amarillenta lengua.
Orina y nadie escucha al fondo de la habitación
y yo aquí sentado aplastando el tedio
aguardando una respuesta sin pregunta formulada.
Acontecimientos previsibles con las variables aisladas.
La tormenta de hoy no incrementa el cauce.
Aplazado para mañana el hecho inevitable,
con la cabeza estrellada en la almohada
consignaremos en el aire encuentros ficticios.
Una mujer ofendida por enésima
me contará su honda y reiterada pena,
escuchándola sangraré por los oídos
como siempre,
y desde la atalaya me lo echarás en cara
como siempre.
Entre tanto seguiré aquí sentado.

Este excelente poema pertenece al poemario "El habitante herido", de Miguel Palancares (Ed. Vitruvio), que el propio autor, Pablo Méndez (editor) y un servidor, presentaremos en sociedad el lunes 17 de marzo a las 20h, en el forum de Fnac Callao.
See you there!

7 de marzo de 2008

(I think) I love you too much





El legendario gitarrista de blues y amante del jazz clásico Jeff Healey murió el domingo en el St. Joseph's Hospital de Toronto a la edad de 41 años tras una vida de lucha contra una extraña forma de cáncer -retinoblastia- por la que perdió los ojos en su primer año de vida. Le sobreviven su mujer, Christie, y sus hijos Rachel y Derek.

5 de marzo de 2008

Vanity Fair


Uno de tantos, de evidentes, síntomas inequívocos de que me hago mayor, es el sufrir el peso innegable de "las cosas". Tengo muchas cosas, acumuladas durante mis años, mis casas, mis viajes y mis manías. Han pasado nueve ó diez días desde que el pintor acabó su trabajo y recogió sus aperos y se fue, dejando tras de sí una casa blanca como residencia de embajador. Pero es ahora, casi trescientas horas después, cuando todo -mis cosas, sus cosas, ellas- ha encontrado su sitio, apropiado ú obligado, pero su sitio.

Y digo ahora porque ahora ha sido cuando he reubicado lo que quedaba por reubicar, un hatillo de cosas que habían dando tumbos -por el cenicero grande, por la esquina de mi mesa, por una o tres baldas- por toda la casa blanca. Un rollo de celo; una funda de cuero para guardar tarjetas de memoria; un ticket de una tienda de la Via Cesare de Milán; un estuche de una óptica de Sevilla -nunca he estado en Sevilla- con unas gafas de sol a las que se las ha caído -no por el uso- un cristal; y un album de fotos pequeño, comprado en algún pionero de los bazares chinos, feo y verde, en el que hay un puñado de fotos que nunca merecieron el honor de pasar al album grande ni, muchísimo menos, el esfuerzo de ser escaneadas.

Estoy más delgado y con el pelo más largo, que no quiere decir menos calvo. Un cigarrillo, imprescindible, en la mano izquierda. Gesticulo vehementemente: la mesa está llena de latas supongo que vacías de Busch, una caja de Tamal Clásico y unas bananas. A mis pies, la perra de Marcos, y detrás la bicicleta estática con la que se engañaba. La sesión en el dinning de Marcos son tres fotos y en las otras dos aparece Celso sentado a mi derecha, conversando. En la otra sesión, de cinco fotos, aparezco con la misma ropa posando en un outlet de Pennsylvania. Así que las fotos debieron ser tomadas el mismo día, un día de verano de hace diez años. Claro que ahora recuerdo el día: recuerdo a Marcos golpeando la troca Jeep al entrar en Lancaster, me recuerdo a mí levantando la cabeza para ver un carruaje guiado por amish, las cosechadoras inmensas que estaban paradas en las lomas sembradas. Las tiendas de mercancía barata, de ropas de tallas imposibles. ¿Marcos, Celso? ¿Cómo saber de ellos ahora? Parecía entonces que nunca se podría decir eso, "cómo saber de ellos ahora". No es culpa de la distancia, casi nunca lo es.

El aprendizaje -no sólo de los años- dice que las novelas son eso, novelas. Historias. En el mundo, en la vida, las personas aparecemos y desaparecemos sin pedirle permiso a narrador alguno. Hacemos y recibimos daño y amor sin atender a pausas dramáticas o sentido del ritmo narrativo. Marcos y Celso lo sabían. Yo también.
Sólo faltaría.

Había que pintar la casa.