21 de abril de 2008

Windows Vista


Yo ya no miento, ya no fumo y ya no miro el culo a las chicas: ahora reciclo el papel, colecciono cupones para una bicicleta plegable y pongo ojitos a los hijos pequeños de los amigos: se acabó el clobberin’time, ya no soy Uno de los nuestros sino Uno de los buenos y, por lo tanto, mentiría si dijera que los cartelones que unos tipos se han (iba a decir “afanado”) molestado en poner delante de mi ventana tapan una vista indigna de ser tapada. La verdad es que no. La publicidad de una marca de ventanas y de una película de animación que ya no está en cartel quita de mi vista un solar vallado en el que crecen los gatos alimentados por la loca y hierbajos tan altos y tupidos que, durante el verano pasado, un tipo vivió bajo ellos un par de semanas. Su estancia coincidió con la de un grupo de jóvenes, quienes –estos sí- se afanaron en construir un sombrero gigante con ladrillos, como esos Stetson de nachos que devora Homer Simpson. Estuvieron así un par de semanas: el vagabundo durmiendo bajo los matorrales y los jóvenes, construyendo el sombrero. Igual que siempre llega mayo, así lo hizo el buen día en que los acontecimientos se precipitaron: vino un camión con una plataforma articulada dotada de vida propia en la que había un tipo con una cámara, los jóvenes montaron una mesa, sacaron botellas de algún lado y, cuando me acordé de volver a mirar, ya no había sombrero gigante, vasos de plástico ni camión articulado. El vagabundo, cual dinosaurio, seguía allí. Y ahí se quedó hasta que le dio la gana, supongo: este es un barrio muy holandés en el que los vecinos no nos metemos en la vida de los demás, holandés hasta el punto de no tapar con cortinas la intimidad de nuestros salones y tálamos. Una utopía a lo Vermeer. Ahora, unos meses después, el solar es casi todo él una lechada de cemento en la que aparcan los coches de los trabajadores de una obra: en el medio hay otros cartelones que, orientados con más sentido comercial que el del elefante cobarde, anuncian la inminente construcción de –otra- urbanización de pisos de lujo y precios más dignos de la isla de los algonquinos que de esta –ejem- arteria capitalina. Puro Vermeer, ya digo.

Así que no es para tanto. Además, sólo veo los carteles si me levanto de mi butaca de freelanz; si no, sentado en ella, nada me impide deleitarme con el anodino perfil de este tramo final de la arteria capitalina, con sus fachadas de paneles de ladrillo visto, los rostros de urbanizaciones construidas por empresas en suspensión de pagos y entre las que se ha colado –o se ha mantenido- un edificio de trasteros, uno de los pocos que, con más de cinco años de antigüedad, quedan en pie en este barrio. Es un edificio que siempre –es decir, desde que yo recuerde: este barrio ya había sido mío antes de serlo ahora- ha estado ahí y en donde, sospeché durante meses, vivía gente: desde el día en que me mudé a esta casa agucé la vista para reconocer la bandera que tapaba una ventana de la última planta y por la que, de noche, me levantara a la hora en que me levantara, se filtraba la luz blanca y barata del fluorescente. La bandera nunca supe reconocerla: una franja roja, una blanca con algo en el medio, una franja negra. Líbano, Irak… qué sé yo. Las capitales sí me las sé casi todas, pero las banderas, no. La del condado de Clare, sí me la sé. Y la de Maryland. Y durante años, una bandera comunera me sirvió de bandeja cubre-equipajes. Creo que ahora la tiene mi cuñado.

Ahora ya sé qué ventana aislante debo comprar. Pero como no tengo bandera, no la puedo tapar. Pero sí sé qué película debo ver. La del elefante. En la esquina del solar, hasta hace unos pocos años, había un cocedero de marisco al que mi padre se empeñaba en traerme siendo yo niño. Había más cosas, pero no me acuerdo. Creo que un concesionario de la Peugeot: no estoy seguro. Algún día me comeré una magdalena y me desnucaré. Contra la ventana.

16 de abril de 2008

"Una puerta al río": entrevista con Barry Gifford


La pasada semana, Barry Gifford estuvo en Madrid promocionando sus últimos libros y recitando sus poemas. Tuve el placer de conversar con él al hilo de Una puerta al río (La otra orilla), un estupendo volumen de cuentos: deliciosamente buenos, magníficamente americanos.
Podéis leer aquí la entrevista fruto de esa charla, publicada en 20 Minutos el pasado lunes. Enjoy it.

**** POST ACTUALIZADO ****
Hasta que se publique en este blog la versión completa de la entrevista con Mr Gifford, adelanto aquí el texto publicado en "2o Minutos"

La América mitológica

El escritor y guionista Barry Gifford rememora su infancia en una América que se fue para no volver


Barry Gifford (Chicago, EE UU, 1946) es conocido en nuestro país entre el gran público por sus guiones cinematográficos para David Lynch o Alex de la Iglesia (“Corazón salvaje”, “Perdita Durango”), pero es un narrador de largo aliento, emparentado con lo mejor de la tradición literaria norteamericana, como demuestra en “Una puerta al río” (La otra orilla), un volumen de cuentos anclados en lo autobiográfico y en el que, a través de los ojos de un niño de siete años, asistimos al mosaico de caminos, sentimientos y fascinación que era la América de los años cincuenta y primeros sesenta. Conversamos con el autor, que se encuentra en España presentando este libro y el poemario “Cuatro Reinas” (La Fábrica), en el Círculo de Bellas Artes de Madrid.

¿Eran los Estados Unidos de mediados del siglo pasado tan felices como lo parecen vistos desde 2008? ¿Era su intención hacer de su libro un recordatorio de aquellos años?

Bueno, no me parece que aquella América fuera el mejor de los mundos, pero sí es cierto que había terminado la II Guerra mundial, y eso trajo un montón de cambios: la gente comenzó a mudarse masivamente del campo a la ciudad, sobre todo la gente negra del sur. Por aquellos años, casi las dos terceras partes de la población vivía en el campo, todo cambió muy rápidamente: las ciudades lo hicieron, la gente dejó de trabajar en el campo para hacerlo en astilleros, por ejemplo. Hace poco, un periodista de Chicago que me entrevistaba me agradecía el que hubiera escrito el libro porque no sabía nada del Chicago que aparece en él, ahora es una ciudad completamente diferente. Menciono esto porque es exactamente lo que quería hacer: recrear, reinventar ese estado de mente que eran entonces los Estados Unidos y que, en cierto modo, es Historia. Mi historia.

¿Cree que eso forma parte de la función social del escritor, la de hacer que no se olvide la Historia?

No sé si esa es mi función social como escritor, no creo que tenga siquiera una “función social”. Todo lo que sé es lo que sé, básicamente tras 10 ó 12 años escribiendo ficción, quería cambiar y hablar de una época, los años de Eisenhower, en los que las cosas eran tal vez menos transparentes, aunque las dabas más por supuestas. Ante todo, no fueron tan buenos años como nos gusta pensar ahora: la gente fue a morir a Corea, y no supimos ver que se acercaba lo de Vietnam. Yo sólo era un niño, pero no me parece que fuera una tan buena época. La única diferencia era que había más dinero disponible para la media clase, pero eso también quería decir que había menos dinero para la clase baja. Sí es verdad que había menos delitos, menos gente desesperada… Ahora, Estados Unidos se está convirtiendo en un país del Tercer Mundo, con esa estructura de país en el que tenemos ricos y pobres pero cada vez menos clase media.

Su obra literaria y sus guiones son una radiografía de la América contemporánea…

En los años en que transcurre Una puerta al río, América era un sueño. Lo era, ahora no. Pero puede volver a serlo. Mi país se ha transformado completamente en los últimos años. Somos un país muy joven, con apenas 300 años de historia: no somos como Italia, o Grecia: no nos hemos fundado sobre una mitología, sólo el pueblo indio la tenía. Y esa ausencia de mitología, esa libertad religiosa, es una de las razones por las que ha funcionado el concepto de democracia en Estados Unidos. Ese concepto está ahora amenazado. No creo que podamos soportar otros quince o veinte años de republicanos como estos como los que mandan ahora.

Si se percibe en sus relatos un cariño muy profundo por una cierta concepción “artesanal” de la vida, alejada de la tecnificación actual…

Estados Unidos era y es básicamente un lugar donde la gente puede tener un nuevo comienzo, en el que todo es posible: en la época del libro, había menos población, más espacio para perderse, y ahora eso es imposible. ¡Con toda esta increíble revolución tecnológica es imposible perderse!

Pero usted emplea esa tecnología en, por ejemplo, su estupendo website...

Por supuesto, no quiero decir que esté contra ella. Por ejemplo, el correo electrónico me parece maravilloso y lo empleo a diario, pero no tengo móvil: no soy difícil de localizar, pueden llamarme a casa, o escribirme una carta… Y no uso el ordenador para escribir, ni siquiera una máquina de escribir: escribo a mano. Necesito esa lentitud de la caligrafía, sobre todo cuando escribo ficción. Un ordenador es tremendamente útil para el trabajo periodístico pero en la ficción necesito ser paciente. Además, la gente le da mucha importancia a estar todo el día conectado, no pueden vivir sin tecnología… pero también hay mucha gente de mi generación que no es así. ¿Crees que Álvaro Mutis escribe con el ordenador? Pues no.

Hablando de escritores, ¿cuáles son sus autores imprescindibles?

Conrad, London, Faulkner… De los contemporáneos, Jim Harrison y Richard Price. ¿Mi favorito? Álvaro Mutis.

¿En serio?

Me lo presentó hace unos años un gran amigo común, Guillermo Arriaga. Le leo en francés, mi español apenas me llega para leer el periódico (risas).

¿Qué me dice de su recital en el Festival “Spoken word” de la semana pasada en Sevilla, donde leyó poemas de su poemario “Cuatro reinas? ¿Cómo ha sido la experiencia?

Excelente. Magnífica. Tener a más de cuatrocientas personas en Sevilla, en ese escenario tan especial, pendientes de mí… Ha sido muy bonito. Hubo un tiempo en que hice algo parecido en night clubs en San Francisco, y ya entonces la gente prestaba más atención al escritor que a la stripper (risas).

(c) Clemente Corona 2008

7 de abril de 2008

Olor a frío


En serio, de verdad, no me gustan las magdalenas. Cierto es que no las he probado: igual dentro de cinco minutos como algo y se derrumban diques desconocidos en mi mente, pero, hasta hoy, eso no ha sucedido. Empero, de vez en cuando, me llevo a la boca algo que hace que, de repente, me salga de mí y me instale en Babia, los verdes y nevados campos de Babia. Me sucede, algunas veces, con algunos olores. Son pocos, pero los hay, y no sé cuántos son porque no los tengo catalogados ni, mucho menos, definidos. Y hoy, esta manaña, he olido uno. Sin hacer frío –cómo va a hacerlo en esta ciudad- me ha olido a frío. Un olor al que, para definirlo, debo recurrir a palabras que, asumo desde un principio, estarán lejos de totalizar y de de aprehender la sensación: es cabalmente imposible que yo pueda definir un olor porque yo no sé cómo se huele, como tampoco sé reconocer plantas o ensamblar muebles baratos. Y es muy difícil escribir sobre lo que no se sabe o sólo se conoce de oídas o leídas. Hay cosas que el talento no remedia: debe ser complicado –nunca lo he intentado- escribir a la littéraire y sin saber lo que es sobre una cesárea, un asedio o hacerse rico en un abrir y cerrar de ojos.

Y no, no ayuda –al menos a mí- el haber dejado de fumar. No he recuperado facultad olfativa alguna. Pero alguna vez algún olor tiene que sacudirme. No por lo intenso o lo chillón: alguna vez algún olor se cuela dentro de mí y me voltea, como los niños voltean los bolsillos para que caiga esa moneda de cobre que se esconde en la costura a la que no llegan los dedos y que apenas tiene valor. Eso me ha pasado hoy: mi moneda no es de cobre porque me ha traído recuerdos de escritor vallisoletano –sin duda alguna, una de las mejores cosas que se pueden ser en la vida y que yo nunca seré- y por uno ó dos segundos, me he sentido en la puerta de la casa de adobe de mi abuela y, sabiendo que era yo pero sin ser yo, he sabido que era un niño pequeño, que era febrero, que en la calle sin asfaltar hay cantos rodados, cachitos de ladrillo y trozos de cuerda, muchos trozos de cuerda, que son el espíritu de ese pueblo de Valladolid y de la calle de mi abuela como lo son las pintadas de los quintos o la piedra que sirve de banco de la puerta de la casa, pero, sobre todo, lo es el olor, el olor seco, sano, con trazas de campo: órganos del cuerpo del frío que ya va siendo ese olor que no puede ser otro porque se le cuelan elementos de otros sentidos, como el calor que siento en las mejillas del avergonzado sol invernal, la añoranza de las mantas gordas de cuadros que no me han quitado la temblona durante la noche o el balido de las ovejas que puntea mi andar hacia la casa en la que venden pan. Los balidos, mi abuela, las cuerdas, el sol: todo y más que se hace carne, el olor del invierno, magdalena que hoy me he desayunado en la puerta de mi casa, treinta o más años después.

Y ese olor me saluda esta mañana de abril, una mañana tonta, que me escupe en la cara -por más que me guste presumir, ante determinadas audiencias, de castellano- mi condición de chico de ciudad, de barrio madrileño: y en Madrid no huele a nada, como tampoco hace fío, tampoco llueve o tampoco nieva. Que huela en Madrid es un acontecimiento, no tanto como una boda real, pero sí uno en la categoría de fenómeno atmosférico raro por lo infrecuente: cuando huele en Madrid es como si granizara. Ni siquiera cuando las hormigoneras giraban sin parar olía a cemento. En Madrid no huele a nada, si acaso a gatos. Miasmillas que vienen del solar pagado a precio de terreno ganado al mar, y en el que ya nunca crecerán billetes pero sí arbustos, feos, que rompen las lechadas de cemento y bajo los que paren sin parar las gatas, alimentadas por locas y conductores rusos de camiones. Son miasmas pero no olor. Ya lo he dicho, en Madrid no huele, y cuando huele, también lo he dicho, graniza, y cuando graniza la piedra rompe las chapas de uralita de los tejados de las naves. Por los huecos de los impactos se cuelan los rayos del sol y por un momento los cañones de luz iluminan la vida: ergo huele.