28 de agosto de 2008

John Cassavetes: La honradez como acto de fe



A woman under the influence y Opening Night fueron dos películas independientes cuando no existía el cine indie pero Hollywood era más independiente que nunca, y Cassavetes hacía lo que Lumet o Jewison soñaban con poder hacer y lo que Scorsese absorbía como una esponja por el Lower East Side. John Cassavetes interpretaba el cine como sólo los grandes genios americanos –esos bigger than life como London, Steinbeck ú O’Keefe- entienden la creación: un acto de fe. Sus películas son reales hasta rozar la paradoja: no puede ser porque por supuesto puede ser. Ahí están las escenas desnudas con el sonido sucio como en el parque de al lado de casa, lo que se llamaba en los cineclubs de entonces cinéma vérité y que hoy redescubren Lars von Trier y epígonos; pero, ¡ah coño!, el norte de Europa no se dan las Genas.

¿Cómo hubieran sido las películas de Cassavetes sin Gena Rowlands? No sólo se casaron: se encontró con una igual que supo que en Cassavetes había una visión del mundo y un talento para contarlo cómo sólo los más grandes tienen. Ella no se arredra enseñando la miseria de su vejez, la actriz que se desvanece en Opening Night con la resistencia desganada de las grandes damas del cine mudo aunque para ello tenga que devorarse a sí misma y al alter ego de Cassavetes (un Ben Gazzara tan honesto como él, al que muchos reconocerán por su secundario en El gran Lebowsky), y además y para colmo de autenticidad, actuando en directo ante un público participante y tan atorado como el espectador en el salón de su casa. En Una mujer bajo la influencia, el otro alter ego de Cassavetes es un Peter Falk en la cumbre, más famoso que nunca por un personaje mainstream, el teniente Colombo –y así ha quedado en el imaginario popular uno de los mejores actores de su generación- intentado mantener en todos los aspectos a una Gena Rowlands que cobra vida. Real hasta rozar la extenuación para los académicos de Hollywood –las academias son siempre y todas iguales-, que le darían el Oscar a la tan ahora desaparecida como siempre desaprovechada Ellen Burnstyn de Alicia ya no vive aquí; su esposo lo perdería ante el mejor Coppola, el de El Padrino II. Si hubiera querido consolarse con los premios, en Europa se los daban encantados; pero a Cassavetes, no le importaba. Sólo presumía de una cosa, él, persona de biopic: su honestidad y su independencia. La que le hacía trabajar sólo con gente cercana, evitar a los grandes estudios tanto como pudiese por que sólo quería hacer cine por placer. Sin más. Así ha pasado a la historia: “yo sería un gran director si no fuera tan honesto”. Cassavetes fue uno de los mejores en uno de los mejores momentos del cine americano. Grande entre grandes.