23 de agosto de 2009

Miquel Barceló: Año Uno


Giro mi coche mientras miro al policía que guarda la puerta del palacio en que duermen estos días los reyes y enfilo la pendiente pronunciada de la calle. Antes de llegar al aparcamiento de la fundación, a la sombra de una espantosa y peligrosa –me dice constantemente la prensa- corrala de apartamentos con nombre viajero, ya me he convencido de que Le Corbusier ganó la partida y de que, al final, alguien mató a las calles.
No ha hecho falta para ello empotrar con fórceps en las ciudades pasos elevados y túneles: ha bastado con pudrir esta bahía perfecta con edificios de materiales baratos en cuyos infinitos balcones cuelgan incontables toallas y piezas de baño made in China, y las antenas parabólicas, al igual que en todas las orillas de este mar, se arraciman mirando en sólo una dirección a la caza de noticieros en alemán. Hay que forzar la imaginación para obviar tamaño crimen y poder colegir la vista que relajaba e inspiraba a Miró cuando compró esta finca hace ahora cincuenta años. Las cigarras cantan a un volumen irrealmente harto: quiero creer que no es por el calor tropical sino porque la isla, o la Naturaleza, quieren convencerme de que estos pinos, que encuadran mi mirada y la desenfocan de la intrusión de las torres en las que se amontonan las resacas de los turistas, son el testimonio de que hubo un momento en que esto –las cigarras, las agujas de los pinos, el sol alisando el mar allí delante- no era así, de que el paraíso existió y una de sus muchas puertas era la de este jardín de Son Boter, la possesiò que Joan Miró hizo suya, y en la que dejó grafitis en las salas vacías, de techos altos, y ristras de ajos secas en una cocina pensada en el siglo XIII. ¿Qué más puede desear un creador que contemplar pinos y, al fondo, el mar? Una oficina, un lugar, un taller. Siempre. La habitación propia de Virginia Wolf tiene aquí formas blancas y color en las puertas y ventanales en las que se cuela la luz del norte que Miró, confiesa en la entrada, no buscó: él sólo quería un espacio para crear, que es, claro, un espacio para ser. La inspiración, si viene, lo hace creando; y la creación, si llega, la hacemos siendo.

Hay que bajar unos escalones para entrar en el vientre de Moneo donde descansa la obra de Miró, acompañada estos días -y a esto hemos venido, no a sufrir con la evidencia de que no hay mejor paisaje del que ya se fue- de trabajos del primer Miquel Barceló, el de antes de ser Miquel Barceló, cuando Mali estaba, como en los tebeos, en un universo paralelo al que pertenece Felanitx y la inquina por venir se antojaba como un peaje a pagar –tan español como el destrozo de la tierra- por supurar talento. Las salas de Moneo son como una gallera donde, con nuestro recuerdo, salvamos para la posteridad un bestiario de arca bíblica en el que caben perros de mil ojos, perros que muerden perros de fémures rectos que se incrustan en hombres, escarabajos en tinta y pulpos sin ella y tapas de mejillones con cerveza. Franco está caliente en la sierra de Guadarrama y Barceló fuma en catalán echando el humo a la cámara, ahumándonos: Swinging Majorca. El artista, inocente ante el futuro que le husmea, se hace presente en calas arrancadas de leyendas en las que sólo caben el mediterráneo eterno, la vida de los pescadores y sus instalaciones, filmadas con un grano que uno situaría igual en el año que nació que en el año en el que nació Homero. Barceló mira al suelo y a los matojos y entiende la vida y la quiere encerrar en marcos: semillas, insectos, plumas, arenas y conchas, un pescadito y, tras ellos, él mismo, con la vacuidad propia e ingenuamente irreverente del artista en cocción que colecciona y muestra su propio vello corporal pero que, al tiempo, nos promete todo con autorretratos en los que, esparciendo pintura con las manos, nos regala su trance creativo a nosotros, los que ya nos hemos olvidado de que, tras los cigarros encerrados en cajas y pegados a un papel rayado, un pez naranja se mueve a espasmos en el estanque de agua marrón y los pinos perdieron la guerra contra el aluminio. Hoy, ahora, con Barceló en la casa de Miró, lo perdonamos todo. A ambos, se lo agradecemos todo.

"Barceló antes de Barceló. 1973-1982". Hasta el 27 de septiembre en la Fundació Pilar y Joan Miró a Mallorca (Palma).