17 de enero de 2010

Cero absoluto



Podremos estar o no todos de acuerdo en que, por definición, los seres humanos no somos ni buenos ni malos; pero donde no hay lugar para el debate es en que, cuando se trata de enfrentarse e interiorizar algo tan innombrable de puro dantesco, no hay más cera que la que arde, y arden muchas cosas allí en Haiti: arde todo, y no hay mejor combustible que las buenas intenciones, las mismas que enlosan el suelo del Infierno -ahora, además, hecho real- y que lo empapan todo con el hedor de la sospecha, dejando ese olor penetrante y molesto cuyas miasmas son actos del estilo de éste de escribir sobre lo que no se debería escribir.

De verdad que intento convencerme
-sin mucho ímpetu: me creo joven aún para mentirme así a mí mismo- de que este acto mío es perdonable porque es sólo uno de los tantos ejercicios de hipocresía a cuya realización y existencia estamos acostumbrados -y no por desgracia, todo lo contrario: ¿cómo vivir si no?- cuando el infierno se hace cuerpo en el mundo. Acostumbrados, sí, y me estremezco -sólo un poco: lo suficiente para sentirme ligera y placenteramente culpable- al saber que a actitudes como la mía las salva de la indecencia -ya que no ante los míos, si ante los ojos de ese dios que no existe por más que nos quiera plegar a él gente cuyo reino no es, por supuesto, de este mundo-, precisamente la hipocresía y la costumbre, y la seguridad de que no nos volveremos lo suficientemente cuerdos para emular, primero, a los bomberos que se transforman en un abrir y cerrar de ojos en personas bigger than life -aunque la AFP esté presente- y salir corriendo para la isla; y, luego, una vez hecho eso, cuerdos también para emplear algo del tiempo que -a diferencia de los sepultados- nos sobra para borrarnos de las estadísticas que empecinadamente nos señalan como católicos o como uno más entre millones de hablantes europeos de lenguas minoritarias. Qué sana la envidia ante el bombero o el apóstata, que queremos creer no tienen miedo ante el Infierno y su promesa de dolor eterno, inabarcable.

Repetimos y leemos y oímos y vemos -de reojo los más; yo el primero, o el segundo- la palabra infierno, y la imaginación y el miedo se disparan y, claro, cómo no pensar en que aquello inombrable no es una catástrofe natural sino lo mismo de siempre, una constatación más de que el hombre no es malo, ni bueno, pero sí que su único salvoconducto seguro al cielo donde existen leyes que permiten robar pero que -por ejemplo y hasta cierto punto- garantizan cierta proporción de arena en el cemento es el dinero que permite enriquecerse a alguien. Pero donde no hay dinero, ni nada que explotar, donde por no haber no hay siquiera árboles que astillar para echar al fuego, la ficción marca el destino que debe seguir la realidad. Aparecen entonces excavadoras arrumbando cuerpos, agonizantes caídos del cielo con más efectividad que en la más certera de las plagas bíblicas, niños sepultados que se alimentan de su propio cuerpo y, así, hasta el infinito del horror. Menos mal que nuestros corazones -el mío el segundo, o el tercero- se encogen encendiendo velas en iglesias o tecleando números y códigos de seguridad en páginas de internet. Agolpando cajas en aeropuertos, cajas por las que se matan los cuerpos. Arrojando gotas de gasolina al fuego.

Hay otros fuegos, dicen que tan centenarios como identitarios, que protagonizan las aperturas de los informativos de las cadenas de televisión de la isla en la que vivo, que copan todos sus minutos, mientras otras certezas indiscutibles de pura luz llegan de donde siempre. Miles de soldados que han jurado la bandera del país que creen ellos es el elegido por dios, conquistarán ese infierno en nombre de la humanidad, etcétera: las mismas voces de siempre lanzan, lanzamos, una sonrisa sardónica con la legitimidad de haber dado para la causa un puñado de monedas en alguna colecta improvisada, que es y de tan incierto destino, legitimidad, efectividad, como ese despliegues de tropas y banderas. En este lado europeo del mundo, tenemos otras preocupaciones y ninguna obligación para esa plantación esclavista francesa. En este lado europeo del mundo al que le quedan dos Mundiales para ser, del todo, un gigantesco resort turístico, preferimos dejarnos robar dinero para que nos distraigan rebuscando en los legajos pasacalles y recetarios arrumbados acertadamente en el tiempo, que nos diferencie -al precio que sea- de los pasacalles y recetarios del pueblo, de la comarca, de la región, del país de al lado. Mientras Europa sólo vale para conseguir gas a un precio aceptable con el que tener encendidos las panificadoras de las que salen tantos tipos de panes como reflejos del espejo en el cuento de Borges, en otros continentes, o uniones políticas, o lo que sea, con no menos recetarios, pasacalles, idiomas oficiales y tipos de pan la Humanidad, simplemente, avanza. Sea empleando el gas para fabricar satélites, o para transportar decenas de miles de soldados a luchar -otra vez y con sus mismas armas- en el infierno. Y es algo que me alegra porque yo no sé qué hacer.