9 de enero de 2010

El excéntrico afortunado


Veo la imagen que acompaña este post en un correo navideño de Jesús: servir como argumento de venta de bragas no es una mala función para un libro. ¿Cómo puede serlo? Son caros, le decía hace un par de días a Ramón, incluso muy caros: cualquier obra de candidato eterno a Nobel venido a menos -dicen; yo ya le he leído lo suficiente para volver a picar- te cuesta sus buenos 20 euros, y da lectura para apenas un par de trayectos de línea verde de Metro, como los que estoy aprovechando durante estos días de incursión en la capital para ponerme al día de lecturas demasiado atrasadas. Leo en el metro libros combados por la humedad de la isla donde vivo, y redescubro el placer -tan intenso como olvidado: el automóvil mató a la estrella de la radio- de leer en un transporte público, de hacer de un trayecto cotidiano uno de los mejores momentos del día. Así, de camino a sitios, he leído mucho, aunque nunca me parecerá bastante. Leo casi cualquier cosa: maravillosos cuentos en los que el mar no baña Nápoles, granujadas de presidentes americanos de cuando el telón de acero, andanzas por el mundo de premiers británicos antes de serlo... Y también leo que el Kindle DX está de camino, y pienso en mis libros expandiendo las paredes de un trastero de Madrid y mis tebeos esperando su rescate de un desván de Valladolid, y sé que tengo un excéntrico dentro de mí, que no hay problema de precio ni de espacio ni de humedad que me detenga de seguir comprando libros, acumulando papel. Y tampoco, y ahí está la perdición, megas. Si durante mucho tiempo estuve convencido de que mi casa era donde estaban mis libros, saber que tantas maneras de conmoverme me acompañan dónde vaya y cómo vaya , que las dos grandes razones que definen mi way of life -libros y todo el mundo que hay pasando el mar y las montañas- coexistan, me parece una fantasía infantil hecha realidad, como volar o ser el 5 del Madrid.