15 de febrero de 2010

Arxiu Escales

Ni siquiera Tony D'Amato podría decir que en esta tarde, que es una tarde cualquiera, cualquier cosa puede pasar: el silencio en la ciudad es más recio que de costumbre, e incumple la noticia estrella de los informativos del dia: hay, en algún lugar, una fiesta popular. El silencio se empotra: no hay un motor diesel, un generador, un portazo. Apenas algún siseo de rodadura de un taxi al pisar un paso de cebra o la línea del carril bus. De un portal sale una pareja joven como nosotros, tirando de un hijo vestido de Batman y de una hija vestida de hada. Porqué no seguirles y buscar esa fiesta: debe haber gente. Nos cruzamos con ancianos que recién han terminado de oír misa, que se agarran con las manos a la pared de piedra de la iglesia, como los escaladores: tientan los pasos, bajan la escalera conjurando el miedo a partirse los huesos, a resbalarse, mirándome a los ojos como me miraría mi abuela. Hay más superhéroes y más hadas y más magos en las cercanías del casal: pocos, no habría quórum en la mesa redonda. Pero en el Centre de Cultura Sa Nostra, termina hoy Paisatge, ciutat i vida cuotidiana, una muestra de imágenes procedentes del Arxiu Escales, un archivo personal de más de 50.000 fotografías de un restallante blanco y negro que promete que nada podrá dañarlas, tomadas entre 1894 y 1975 por unos prestigiosos médicos de la tierra, Jaume Escalas Adrover y Jaume Escalas Real.

La primera reflexión, y probablemente la más obvia, es que es verdad lo que me cuentan, lo que casi todos lamentan: sólo la resaca paraba a los pinos, que se querían meter en el mar y nadar. No había construcción humana que diera sombra: todo son campos, pinares, alguna casa. Sólo quedan un puñado de años para que todo acabe, para que las calas y las bahías y el mar dejen de ser lo que son. La única concesión al diablo parece, a través del cristal, algún edificio de dos o tres alturas. Los únicos ingleses, benditos ellos, son los orgullosos marinos de la armada de Su Majestad, fondeando del mismo modo que lo harían en cualquier otra esquina del mundo. Soldados que no identifican a los lugareños registrando su iris: apenas encuentro alguna diferencia, mínima, en el vestir, entre los paisanos que saludan a los marineros ingleses y los que se rinden ante otros soldados ingleses, setenta años más tarde, en la portada del periódico de la mañana.

La plata brilla más en esas fotos: arrancado de un poblado de chabolas en plena ciudad hace cincuenta años, reflejos plateados que podrían serlo de tierras de otra isla cercana, liberadas quince años atrás por los aliados en la guerra. Hay viejos de piel tan oscura como las prendas que les cubren bajo el sol, rieras sin domar y lienzos de murallas árabes en una, dos, tres ciudades, o pueblos. La gran avenida de la ciudad es un bulevar bello, al que sólo mancillar un coche y, cien metros por delante de él, una calesa: a ninguno prestan caso los tres o cuatro paseantes. La otra gran calle de la ciudad está, en cambio, sin asfaltar: hay muchos caballos y mulos. Aquí y allí, paisanos que reparan labores de pesca o miran a la cámara con caras y dientes de tizón, pescadores y mujeres negras como las tres o cuatro capas de ropa que visten bajo un sol inclemente al que -ellos nunca lo podrán comprender- aún no han empezado a perseguir los extranjeros. Les brillan las uñas, las mismas uñas durante setenta y pico años. La misma ausencia de adoquines durante setenta y pico años. Hay vistas de la ciudad con menos chimeneas que campanarios, con hotelitos preciosos que no sospechan la poca y triste vida que les queda. Apenas se distingue al rey, acosado por la muchedumbre. Los internos del manicomio, las lavanderas del Manzanares, las botas de los puestos del rastro y la Expo de Barcelona, mero contraste de escenarios, abundan en la evidencia: en este país, durante mucho tiempo, el tiempo no pasaba y tardó mucho tiempo en pasar. Como en las malas películas, como en las pesadillas.