20 de enero de 2010

Hábitos de lectura



Aprecio en lo que vale la gran fortuna que tengo de encontrarme frecuentemente con las reflexiones -en forma de artículos- de personas inteligentes, cultas, divertidas y sagaces que me hacen pensar y decir, tras leerlas, "qué cabrón/a. Lo ha vuelto a hacer". Eso me ha pasado hace unas horas al encontrarme en las páginas de mi periódico -sí, le sigo considerando mi periódico- con Manuel Rodríguez Rivero y Quiero y (no) leo (la pieza la puedes leer aquí). Y fue terminar de leer este "Lo ha vuelto a hacer" y no evitar envalentonarme, pedir una segunda cerveza, cambiar mi silla de ubicación para que el solazo mediterráneo no arrancara el blanco de la página del periódico y, lo más importante, revolverme en esa silla de puro placer anticipado, advirtiéndole a ella con un "Verás, verás" que supuso relacionado con la Champions League Esa. Craso error advertirle de nada.
Básicamente, sostiene MRR que un lector que vive en pareja lee menos que cuando era soltero (y lector); que cuando llegan niños, se lee un poco más (pero menos que cuando se era soltero); y que lo que se lee es, sobre todo, novela (esa hermana mía con la que no me llevo tan bien estos últimos años). La de MRR es una reflexión sustentada en una encuesta organizada por una revista francesa y recientemente publicada, en datos empíricos, así que no se fundamenta -le argumento- en una percepción personal suya, por más que sea -como yo- de esas gentes a las que si les quitas un libro les quitas el aire. Digo “revista francesa” con mucho énfasis y sonoridad para apelar a la francofilia de ella, tan fuerte como la yanquifilia mía, y así lanzarme en tumba abierta en un discurso que, punteado por extractos de la pieza de MRR (aunque la mitad de ella sea sobre la amistad al hilo de Facebook, y ahí no tengo cuentas pendientes), decir que así es, que el amor cercena el ansia que muchas personas –entre las que me incluyo- tienen por sentarse, pedir silencio e –igual que otros orquestan- leer y leer y leer. Y, cierro mi exposición distrayéndole para que se encuentre con el final que es mi lloro: no es –ni la de MRR ni la mía- una opinión machista; los estudiantes fran-ce-ses de la encuesta son de ambos sexos (o de todos, qué se yo); y, por supuesto, luz de mis días, no hablo por mí, que leo cuanto quiero.
Ella ha callado, ha aguantado los envites, ha encajado los golpes y no ha fintado una sola vez. Como Alí en Kinshasa (una historia contenida en un libro excelente para solteros, casados y toreros). Y como a Alí en Kinshasa, le basta un solo golpe, uno sólo, para lanzarnos a Foreman y a mí a la lona por fanfarrones. El último golpe. Ella lee más y mejor que Foreman. Siempre lo ha hecho. Antes, ahora y después. Pienso en la lectura que descansa en mi mesilla, y visualizo la portada de la suya. Otto Binder y Wayne Boring contra Maruja Mallo. Ah, y además tiene una foto de Alí presidiendo nuestro salón.
Extiendo el periódico ante mí para taparme con él. Ella hace lo propio con su cara revista inglesa. Se lee, MRR, se lee.

17 de enero de 2010

Cero absoluto



Podremos estar o no todos de acuerdo en que, por definición, los seres humanos no somos ni buenos ni malos; pero donde no hay lugar para el debate es en que, cuando se trata de enfrentarse e interiorizar algo tan innombrable de puro dantesco, no hay más cera que la que arde, y arden muchas cosas allí en Haiti: arde todo, y no hay mejor combustible que las buenas intenciones, las mismas que enlosan el suelo del Infierno -ahora, además, hecho real- y que lo empapan todo con el hedor de la sospecha, dejando ese olor penetrante y molesto cuyas miasmas son actos del estilo de éste de escribir sobre lo que no se debería escribir.

De verdad que intento convencerme
-sin mucho ímpetu: me creo joven aún para mentirme así a mí mismo- de que este acto mío es perdonable porque es sólo uno de los tantos ejercicios de hipocresía a cuya realización y existencia estamos acostumbrados -y no por desgracia, todo lo contrario: ¿cómo vivir si no?- cuando el infierno se hace cuerpo en el mundo. Acostumbrados, sí, y me estremezco -sólo un poco: lo suficiente para sentirme ligera y placenteramente culpable- al saber que a actitudes como la mía las salva de la indecencia -ya que no ante los míos, si ante los ojos de ese dios que no existe por más que nos quiera plegar a él gente cuyo reino no es, por supuesto, de este mundo-, precisamente la hipocresía y la costumbre, y la seguridad de que no nos volveremos lo suficientemente cuerdos para emular, primero, a los bomberos que se transforman en un abrir y cerrar de ojos en personas bigger than life -aunque la AFP esté presente- y salir corriendo para la isla; y, luego, una vez hecho eso, cuerdos también para emplear algo del tiempo que -a diferencia de los sepultados- nos sobra para borrarnos de las estadísticas que empecinadamente nos señalan como católicos o como uno más entre millones de hablantes europeos de lenguas minoritarias. Qué sana la envidia ante el bombero o el apóstata, que queremos creer no tienen miedo ante el Infierno y su promesa de dolor eterno, inabarcable.

Repetimos y leemos y oímos y vemos -de reojo los más; yo el primero, o el segundo- la palabra infierno, y la imaginación y el miedo se disparan y, claro, cómo no pensar en que aquello inombrable no es una catástrofe natural sino lo mismo de siempre, una constatación más de que el hombre no es malo, ni bueno, pero sí que su único salvoconducto seguro al cielo donde existen leyes que permiten robar pero que -por ejemplo y hasta cierto punto- garantizan cierta proporción de arena en el cemento es el dinero que permite enriquecerse a alguien. Pero donde no hay dinero, ni nada que explotar, donde por no haber no hay siquiera árboles que astillar para echar al fuego, la ficción marca el destino que debe seguir la realidad. Aparecen entonces excavadoras arrumbando cuerpos, agonizantes caídos del cielo con más efectividad que en la más certera de las plagas bíblicas, niños sepultados que se alimentan de su propio cuerpo y, así, hasta el infinito del horror. Menos mal que nuestros corazones -el mío el segundo, o el tercero- se encogen encendiendo velas en iglesias o tecleando números y códigos de seguridad en páginas de internet. Agolpando cajas en aeropuertos, cajas por las que se matan los cuerpos. Arrojando gotas de gasolina al fuego.

Hay otros fuegos, dicen que tan centenarios como identitarios, que protagonizan las aperturas de los informativos de las cadenas de televisión de la isla en la que vivo, que copan todos sus minutos, mientras otras certezas indiscutibles de pura luz llegan de donde siempre. Miles de soldados que han jurado la bandera del país que creen ellos es el elegido por dios, conquistarán ese infierno en nombre de la humanidad, etcétera: las mismas voces de siempre lanzan, lanzamos, una sonrisa sardónica con la legitimidad de haber dado para la causa un puñado de monedas en alguna colecta improvisada, que es y de tan incierto destino, legitimidad, efectividad, como ese despliegues de tropas y banderas. En este lado europeo del mundo, tenemos otras preocupaciones y ninguna obligación para esa plantación esclavista francesa. En este lado europeo del mundo al que le quedan dos Mundiales para ser, del todo, un gigantesco resort turístico, preferimos dejarnos robar dinero para que nos distraigan rebuscando en los legajos pasacalles y recetarios arrumbados acertadamente en el tiempo, que nos diferencie -al precio que sea- de los pasacalles y recetarios del pueblo, de la comarca, de la región, del país de al lado. Mientras Europa sólo vale para conseguir gas a un precio aceptable con el que tener encendidos las panificadoras de las que salen tantos tipos de panes como reflejos del espejo en el cuento de Borges, en otros continentes, o uniones políticas, o lo que sea, con no menos recetarios, pasacalles, idiomas oficiales y tipos de pan la Humanidad, simplemente, avanza. Sea empleando el gas para fabricar satélites, o para transportar decenas de miles de soldados a luchar -otra vez y con sus mismas armas- en el infierno. Y es algo que me alegra porque yo no sé qué hacer. 

9 de enero de 2010

El excéntrico afortunado


Veo la imagen que acompaña este post en un correo navideño de Jesús: servir como argumento de venta de bragas no es una mala función para un libro. ¿Cómo puede serlo? Son caros, le decía hace un par de días a Ramón, incluso muy caros: cualquier obra de candidato eterno a Nobel venido a menos -dicen; yo ya le he leído lo suficiente para volver a picar- te cuesta sus buenos 20 euros, y da lectura para apenas un par de trayectos de línea verde de Metro, como los que estoy aprovechando durante estos días de incursión en la capital para ponerme al día de lecturas demasiado atrasadas. Leo en el metro libros combados por la humedad de la isla donde vivo, y redescubro el placer -tan intenso como olvidado: el automóvil mató a la estrella de la radio- de leer en un transporte público, de hacer de un trayecto cotidiano uno de los mejores momentos del día. Así, de camino a sitios, he leído mucho, aunque nunca me parecerá bastante. Leo casi cualquier cosa: maravillosos cuentos en los que el mar no baña Nápoles, granujadas de presidentes americanos de cuando el telón de acero, andanzas por el mundo de premiers británicos antes de serlo... Y también leo que el Kindle DX está de camino, y pienso en mis libros expandiendo las paredes de un trastero de Madrid y mis tebeos esperando su rescate de un desván de Valladolid, y sé que tengo un excéntrico dentro de mí, que no hay problema de precio ni de espacio ni de humedad que me detenga de seguir comprando libros, acumulando papel. Y tampoco, y ahí está la perdición, megas. Si durante mucho tiempo estuve convencido de que mi casa era donde estaban mis libros, saber que tantas maneras de conmoverme me acompañan dónde vaya y cómo vaya , que las dos grandes razones que definen mi way of life -libros y todo el mundo que hay pasando el mar y las montañas- coexistan, me parece una fantasía infantil hecha realidad, como volar o ser el 5 del Madrid.