5 de abril de 2010

Un alcorque de París





Da igual cerca que lejos: hay tesoros en todas partes. Aparecen de repente: pueden ser bien un Auster con el que te topas y charlas en la puerta de Shakespeare & Co, bien los dos libros que un hombre saca de una caja de cartón arrumbada en un alcorque cualquiera. La caja está a medio abrir y a medio atar: el hombre sopesa los volúmenes apenas unas décimas de segundo, sin prestar atención a las portadas y los lomos, y los mete en una mochila azul, entreabierta, de pie por el peso y el volumen de los libros que, antes que estos, ha atesorado en ella. M. ya está esperando a que el semáforo dé paso a los peatones pero yo me quedo en el alcorque, curioso, lastimando no saber francés y por ello no cediendo a la tentación de meter también mi mano en la caja: lo que hay en la calle no es de nadie, y es de todos. Una verdad que el hombre ve en mis ojos, y que le hace revolver nerviosamente el fondo de la caja: se tranquiliza al oír a M. hablándome en otro idioma de en el que están escritos esos tesoros que sabe suyos. Su revoloteo frenético en el fondo de la caja no le deja reparar en la mirada codiciosa del chico joven –gafas negras de pasta, media melena rizada, perilla, olor a tabaco- que le contempla, acompañado de una chica –claramente más rotunda, claramente en absoluto interesada en rebuscar en cajas de cartón tan viejas y tan sucias como los libros que se apilan en la mochila azul del hombre.