20 de junio de 2010

Obrigado, José Saramago

Me sorprende en Sudáfrica la noticia de la muerte de José Saramago. Yo he disfrutado mucho, y aprendido bastante, leyéndole. No me afecta que se le santifique como un santo ateo, ni tampoco el que otros escupan bilis sobre él, como si, al morir, les hubiera dejado alguna deuda sin cancelar. Una tarde de hace ya muchos años, Carlos Fuentes le llevaba del brazo: otra, apenas me apretó la mano. No me importó. Para mí, Saramago siempre y sólo será -¡casi nada!- esa fantasía iberista que se desgaja de Europa y, claro, leer hasta casi quedarme ciego, cómo no, en una tarde y una noche de Montreal, el Ensayo sobre la ceguera. Obrigado, Jose.

4 de junio de 2010

Poetas con acento

Sin venir a cuento alguno, ni mucho menos a poema, pero sin frivolidad: así se presenta la poesía en una bochornosa tarde de junio. Raro y difícil: la poesía nunca me ha tentado, salvo en aquella ocasión en que JB pensó que la flauta sonaría una vez más si volvía a presentarse al certamen literario de la azucarera con su nombre y mi obra: Catedrales verdes (o alguna memez por el estilo) se llamó el primer y último poema que he escrito en mi vida. Naturalmente, merecidamente, no nos llevamos una soóa peseta. Menos mal. Se presenta la poesía, digo, cuando me dice RR, entre otras muchas cosas, que la poesía no se pudre (su Shakespeare mata o porco cunha rosa es sólo una prueba de ello, RR tiene varias docenas). Un par de horas más tarde, es Pessoa en sus Diarios quien mantiene que la poesía está en todo, y que el artista debe ser hermoso y elegante porque quien admira la belleza no debe carecer de ella. A bote pronto, noto que Pessoa y RR comparten gafas, sensibilidad y un mecer sus palabras al hablar con un lánguido acento del oeste (peninsular, claro, pero también podría serlo del Cabo o vallecaucano). Puede que sean heterónimos el uno del otro, viajando en un DeLorean por el tiempo.