29 de agosto de 2011

Agosto se suicida


Fiel a su costumbre, y como todos los años por estas fechas, Agosto se suicida. Lo hará exhausto, tras haber derrochado treinta y un días en demostrar inútilmente su existencia, porque el Mundo –que no sus placeres- está empeñado en hacernos creer que Agosto es mentira, una estratagema comercial más parida por algún genio del retail, como San Valentín o la Semana Blanca. Pero no: Agosto existe -yo lo he visto- y, harto y espantado, se quita de en medio. Este año lo hace con algo de ruido, llevándose consigo el ensimismamiento que regala siempre, esa agradable modorra que nos ata al dolce fare niente que tal vez merecemos pero que no permite apreciar como merece la sucesión de hechos que han manchado, alega Agosto en su nota de suicidio, su vida. Ya no hace falta mandar a los mercenarios a saquear Roma, pues su botín viene, más motu proprio que nunca, a la capital del Reino; y tanto da que los mercados preñen otoño, que ardan Londres o Trípoli o que lluevan rayos y centellas, porque Agosto es un mes pertinaz, que susurra volutas de arena, sopla incansable nubes de espuma de cerveza y se perfuma con salitre mientras el Mundo, también obstinado, le golpea hasta hacerle claudicar y arrojarse por la borda una y otra vez, a lo Ganivet; y es entonces, cuando los periódicos recuperan las hojas perdidas en el verano, las escuelas vuelven a la vida, y la expresión ‘Operación Salida’ señala políticos en lugar de carreteras colapsadas, que comenzamos a lamentar el que, tal vez, el Mundo -que es como decir la imaginería católica kistch- merecería ser de otra manera. 

2 de agosto de 2011

Los cuatrocientos disparos



No puedo tirar la primera piedra: no soy tan lego ni tan inocente como para impartir lecciones morales, escabullirme disimulando con las manos en los bolsillos mientras silbo notas inconexas, o decir ufano que, a mí, que me registren: a fin de cuentas, también para esto me ha tocado ser español. Como si fueran cuatrocientos peces garra rufa mordisqueándome los talones, así siento los cuatrocientos puntos de diferencial de la deuda patria, cabalística cifra con la que -dice la tele y la tele nunca miente, ni siquiera la TDT- comienza la cuenta atrás que anuncia el inminente desembarco de los buenos en nuestras costas -si sus servicios de inteligencia son capaces de encontrar un palmo de ella sin enladrillar o sin espetos donde poder tirar los humvees-, y así evitar que los paletos nos llevemos con nosotros al infierno el mundo tal y como lo conocemos. Ya me gustaría a mí sacudir los hombros y decir en el bar que esas cosas no van conmigo; pero, amigo, vaya que si van. A esa vaina no hemos jugado todos ni lo hemos hecho con los mismos boletos, pero es a todos a quienes se nos rompe -como el amor de tanto usarlo- la baraja: cosas que suceden por abusar de la Visa y gastar lo que no se tiene en lo que no se debe. 

Pasa lo mismo pero menos en otros países, me echan en cara a mí, honrado contribuyente, los señores de la TDT -que no miente, etc-, y me remueven la conciencia contándome que donde no sale el sol se atan los perros con longaniza a sedanes de alta gama, mientras que a mí, nacido en el Mediterráneo, me rodean coches de matrículas sin banderita europea -de cuando un euro valía un ecu-, y mis conciudadanos se ceban orgullosos y agradecidos en caladeros de marca blanca. Me gustaría, como a Aguirre, estremecerme ante la cólera de Dios; pero la Providencia a la que me toca encomendarme es más de esconderse bajo su mesa del saloon de Bruselas a ver si les encasquilla los Colt a los pistoleros, que no hacen caso de los lugares comunes, nos otorgan la ninguna piedad que merecemos por jugar a las pirámides, y descargan -ellos sí ufanos- sus tambores de swaps y etecés en nosotros, tramposos y humildes -más de lo que pensábamos- pianistas, hasta dejarnos hechos un colador por el que se nos transparentan las muchas miserias y por el que se nos escapan las pocas reservas de sangre, esfuerzo y sudor que teníamos. Y, por supuesto, todos y cada uno de nuestros dólares: los ganados honradamente y los que no.