23 de agosto de 2012

Rapsodia



Se oye el chavetear de los martillos y las macetas, el generador de gasoil de las obras del condominio, la vigueta de acero que cae contra el suelo sin desbastar. Se oye a alguien hablando unos segundos por un megáfono, y se oye a alguien cantar muy bien. Se oye algún claxon, algún acelerón, el avisador de la marcha atrás de las ambulancias del hospital. Se oye, cómo no, el estruendo de la refrigeración del supermercado y la ascensión a los cielos de las almas de cada una de las toneladas de gas que mantienen perpetuamente congelados tantos y tantos filetes de pescado. El aire acondicionado de la habitación de al lado, y las discusiones enconadas repletas de eses y zetas latigueantes de sus huéspedes, también se oyen. Lo único que no se oye, y es lo único que yo querría oír, es la resaca del océano. Pero está a cincuenta metros, a cien hombres, a mil siglos bajo mis pies.