2 de agosto de 2015

Tener el brazo largo


De un volantazo salgo de la carretera y, haciendo caso de mi padre, porque aunque yo no lo crea, sabe lo que dice, asciendo a Urueña como lo harían, nos reímos y quremos creer, los antiguos: levantando polvo y piedras, lamentando los quejidos de la montura, sorprendiéndonos del traqueteo, poniendo en duda la cordura del consejero: por un camino. Aparco delante de una casa de dos plantas y poyete a la puerta, una casa que no es un casa y sí un sueño: ocupa una manzana y el cartel que dice que se vende está escrito con letra primorosa y remite, románticamente, a un teléfono fijo. Caminamos. A la sombra de la almena mejor conservada de la villa están los columpios para hacer ejercicio; en una librería de enfrente se anuncia para dentro de unas horas la presentación del libro del amigo de un amigo. El pueblo está casi desierto, las librerías vacías: los pequeños corretean, los mayores les reconvienen y yo curioseo tranquilo, sonriendo cuando me encuentro el libro de algún amigo por un par de euros, poniéndome nervioso cuando lo que encuentro es lo que no esperaba encontrar. Lleno una bolsa en una librería y en otra, lleno otra más: me paseo por el pueblo amurallado, entre casas molineras y corrales en venta, librerías de viejo y murales donde aparece Delibes, relamiéndome por las horas mediterráneas que Bashevis Singer, Munro, Wiener, Miller y Plà van a hacer, algo increíble, aún mejores.



En un bar que podría ser una atalaya -la vista se pierde pero lo hace también en el tiempo: no creo que la panorámica haya mutado mucho en siglos-, mi madre pide un café de puchero y no conseguirá dormir casi hasta el amanecer y a mi hijo se le cae su juguete tras de una reja. "Menos mal que tu padre tiene el brazo largo", le dice su madre. Y es verdad, tengo el brazo largo. Llega a todas las estanterías de las librerías de este paraíso que es Urueña, Villa del Libro. Se ha ido el sol pero sigue haciendo calor. Cuando nos retiramos, veo y oigo cómo el amigo de amigo habla de Sarajevo y del EI ante una audiencia absorta que está sentada en sillas de mimbre y tumbonas de piscina; qué lejos queda todo ello en el momento en que mi padre se echa a andar, llega a la casa del sueño, se sienta en el poyete centenario y se convierte, de repente, en el castellano de libro que es: la pierna derecha cruzada sobre la izquierda, el peso del tronco apoyado en el brazo sobre la rodilla, mirándonos y ver nada y todo al tiempo. Saldremos de la Villa del Libro por donde entramos a ella, claro que sí.

1 comentario:

Kike del Olmo dijo...

Que gustazo leer y que ten ganas de leer, y de viajar, y de patear estos parajes nuestros viejos y olvidados por tantos.
Que bien escrito ! felicidades.