19 de junio de 2006

Bocados de realidad: entrevista con Ronaldo Menéndez, por Clemente Corona


Entrevista publicada en ClubCultura #12 (julio-agosto, 2006).

Claudio Cañizares llevaba una vida tranquila –todo lo tranquila que puede ser la vida de un profesor de Filosofía en La Habana– con algún vicio adquirido, como el de descolgar el teléfono y escuchar las conversaciones ajenas hasta que se topó una en la que oyó que le querían matar. De ahí al final de Las bestias, Ronaldo Menéndez (La Habana, Cuba, 1970) nos monta en un carrusel –que nada debe a Easton Ellis o Tarantino- del que tiran El profe, el narrador de la historia que atiende al nombre de El Gordo, y dos miembros de una sociedad obakua con una misión en el mundo que sólo se verá al final del libro porque Menéndez esconde una y otra vez el por qué de la trama. Una trama en la que un puerco tiene mucho que decir, aunque un veterinario le corte las cuerdas vocales. Una trama en la que asistimos a la conversión de un triste profesor en un redomado y refinado asesino, al calor de la tesis que escribe sobre la Oscuridad y la necesidad imperiosa de criar un puerco y saber por qué le quieren matar.

Menéndez, afincado ahora en España tras años de dar vueltas por todo el mundo al más puro estilo Chatwin, saltó a la arena editorial con El derecho al pataleo de los ahorcados (1997), que le valió el Premio Lengua de Trapo de Narrativa y le situó por derecho propio entre lo más granado de la literatura transoceánica tan en boga hoy en día, pero reniega de los tópicos asociados a la literatura cubana

Claudio, el protagonista del libro, termina rendido, diciendo "mi cuerpo va a ser como un caimán dormido". Por la mención del caimán dormido, ¿podemos ver en Claudio y su historia, una metáfora de la Cuba actual?
Es curioso que hablemos de metáforas en un libro que sé que muchos querrán leer en clave realista. La metáfora es la reunión imprevista de dos o más elementos, que se supone abre un crisol de sugerencias señalando hacia algo concreto. Por eso la alusión implícita en una metáfora nunca es frontal, más bien se parece a un rodeo. Este libro no intenta señalar de manera directa una realidad como la cubana, eso se lo dejo a los políticos y a otros compatriotas que escriben. Cuba, para mucha gente, ha dejado de ser un ‘caimán barbudo’ para convertirse en una especie de ‘lagartija imberbe’. Yo prefiero pensar que mi protagonista moribundo es como ‘un caimán dormido’, porque así es la isla en la que da la batalla y vive, y donde mueren tantas cosas. Otra metáfora de la Cuba actual, menos directa, es el cerdo: esa ‘máquina de devorar todo lo que no sea su propio cuerpo’.

Claudio se traga su orgullo y también cría un puerquito; sus vecinos, que antes le veían distante y altanero, le hacen uno de los nuestros. No sólo en Cuba, pero todo el mundo, se dice que la miseria es la única cosa que, entre cuantos más se reparte, a más se toca. ¿La única democratización que hay en Cuba es la de la miseria? ¿Cuántos Claudios hay en la vida real?
Es una pregunta política y sospecho de las preguntas políticas cuando lo que uno hace son novelas. ¿La única democratización en Cuba es la miseria? Por supuesto que no, también la machacada educación y la hoy agrietada salud pública. El ron es democrático, como en Roma lo fue el vino. El muro del malecón es democrático: todo el mundo se alivia mirando el mar, y el mar es tiempo que perdemos buscando la otra orilla. El sexo cubano, incluso en los años más mojigatamente represivos, no dejó de ser democrático. Hay cosas, por uno u otro motivo, que no pueden ser escamoteadas. Cuando se usa la palabra ‘miseria’ aplicada a Cuba hay que tener mucho cuidado, pues no es como la miseria de Perú, Bolivia o Nicaragua. La miseria cubana es la de Claudio, que hay muchos: un lóbrego profesor de Filosofía del Arte que no tiene papel higiénico, cría un cerdo en su bañera, recibe un minúsculo pan diario y seis o siete huevos al mes, y odia el barrio donde le ha tocado vivir.

Pero Claudio también se sabe –se intuye- espiado. La combinación de paranoia y necesidad está muy bien lograda: el personaje se ase con fuerza a la historia. ¿Con qué otros personajes literarios le emparentarías?
Claudio, desde luego, es José K., de El Proceso, es un poco Dr. Jeckill y Mr. Hyde. Pero es también incluso una abstracción como personaje literario: ese personaje inasible y bárbaro que hay en El señor de las moscas. Es un poco Rascolnicov. Creo que humildemente he intentado ahondar en un personaje muy cotidiano en Cuba, pero paradójicamente poco explorado en nuestra literatura: el hombre de las antípodas, el bárbaro culto, la bestia ilustrada.

Llevas varios años publicando en España, has ganado premios aquí... sigue siendo España el lugar para darse a conocer como escritor en el mundo, si escribes en español? Si es que sí, ¿debería descentralizarse un poco la edición?
Deberían ocurrir tantas cosas: que el pan sea pan y el vino, vino. Y descentralizarse todo, hasta la ‘genitalidad’ en el cuerpo. Yo no voy a escupir donde como, pero lo que ocurre con el mercado editorial español es algo monstruoso. Demasiados mercachifles de baja estofa se han instalado en el templo de la Literatura y no hay dios que los eche. Vamos, que producir libros no es producir chorizos. No obstante, al escritor corresponde escribir y mirar hacia otra parte, y hay que seguir publicando en España.

¿Cuáles fueron tus influencias cuando empezaste, y de quienes sigues aprendiendo cosas?
Empecé a escribir tomándomelo en serio desde mi primera adolescencia (he tenido como cuatro adolescencias), de modo que mis influencias eran Stevenson, Conan Doyle, Poe, Salgary, Mark Twain: nunca me abandonarán. Hoy aprendo mucho de los clásicos contemporáneos alemanes y rusos, a golpe de relecturas. De los cuentistas norteamericanos. Y también me dejo influir por cineastas como Tarcovsky, Gay Ritchie, Emir Kusturica, David Linch. Y sigo aprendiendo muchas cosas de las mujeres.

¿Dónde crees que encajas en la literatura cubana actual?
Digamos que encajo en la periferia de la diana. Trato de no disparar al centro de los tópicos: hay muchedumbre de flechas dirigidas hacia esa zona y es demasiado fácil dar en el blanco.

¿Se puede hacer crítica social con una novela?
Claro que sí, pero, como dicen en Cuba: ‘sin querer queriendo’. Me da mucha pena con los escritores que en pos de criticar algo se olvidan de que la literatura ante todo está hecha de palabras, y las palabras son algo misterioso y bello cuando encarnan en Literatura. Decía alguien que el amor puede nacer de una sola metáfora. Las naciones no serían lo que son sin sus personajes literarios y sus grandes libros, en este sentido el impacto social de una obra lo veo como un añadido, algo que ocurre, como tantas cosas, ‘a pesar de’, y no ‘gracias a’ una intención machacona.

La literatura, ¿es comprometida, o sale comprometida ella sola?
La Literatura está comprometida con el Gran Misterio. Un verso memorable de un libro sabio dice: “El Tao que puede ser expresado en palabras no es el Tao eterno. La palabra que puede ser pronunciada no es la palabra eterna”. La búsqueda auténtica de la Literatura, su causa final y eficiente, pasa por este desasosiego metafísico. El gran cuadrado no tiene ángulos: la Literatura debería intentar explicar esto. Es un compromiso demasiado grande y a la vez duramente humano, para estarse inventando otros compromisos de bolsillo.

¿Te encuentras en la definición de la crítica de "una suerte de Tarantino literaturizado y pasado por el Caribe"?
Lo más ‘chic’ sería decir que no, pero ¿por qué no? Pues sí. Al menos en esta novela y en muchos de mis cuentos gravita el concepto de que la violencia, el humor y el disparate nos expresan mejor que muchas otras cosas. Pero sólo lo acepto con una maligna esperanza: que algún día un periodista diga que Tarantino es una especie de Ronaldo cinematografiado y pasado por Hollywood.

En 2006, con todo lo que está pasando, ¿a dónde nos deben llevar los libros?
En primer lugar a explorar la parte fértil de nuestra soledad. Y con todo lo que está pasando los libros también deberían llevarnos al mar, a los bosques, a las montañas, y a las pieles de otros cuerpos.

Las bestias (2006) está publicado por Lengua de Trapo. Más información sobre el libro, aquí. Más información sobre Ronaldo Menéndez, aquí.
(c) Clemente Corona 2006.