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Sonatina de Nuremberg

Me pongo algo nervioso, rebusco la moneda que me hará su propietario. Me excita el haber encontrado algo interesante y casi regalado en un mercadillo extranjero, como a cualquiera, con el agravante bendito, Señoría, de mis años -menos de los suficientes- vendiendo en El Rastro madrileño. Acaricio el papel amarillento, palpo la partitura, guío mis dedos por sus caracteres góticos como si fueran braille, aunque no entienda una sola palabra, más allá del nombre del compositor y algunos datos sueltos de la mancheta; no está entre ellos el año de publicación. La partitura me saluda desde el futuro, enmarcada en mi estudio, como no lo están tantas otras cosas -carteles de exposiciones entubados desde hace quince años, publicidades de revistas antiguas, papeles malos: lo de siempre- que arrastro por mares desde hace, eso, quince años. 

Paso ligeramente preocupado las horas que me quedan hasta el regreso al hotel: no quiero que la partitura se arrugue, enrosco en los dedos la bolsa que la cont…

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