24 de enero de 2008

Magdalenas proustianas (kind of)


Cosas que redescubro gracias a mi bien ganada condición de free-lanch:

- La Onda Media (con sus correspondientes desconexiones territoriales).
- Los corn flakes.
- Una desesperante sensación de vértigo ante la nevera (provocada por la ignorancia: ¿qué puedo cocinar con lo que guarda? Y, no menos importante, ¿qué cocinaría otra persona cualquiera?)
- Ir a la panadería temprano y así poder elegir el tipo de pan que acompañe mi frugal -por lo torpe- comida. Okay, jamón: pero con pan gallego de bien de trigo y al chino, tres con las que lleve.
- Leer la prensa antes de que las noticias hayan sido machacadas por otros free-lanch's blogueros.
- La modorra (a.k.a. nappy time) hija del vino de La Frugal.
Y, sobre todo, last but not least:
- La riqueza de los sonidos cotidianos de la -ejem- gran ciudad, entre los que me conmueven particularmente: el de las radiales cortando acero; el de los motores de explosión al ralentí y/o engranados una velocidad por debajo de lo debido; el de los diferentes tipos de sirenas y claxones, pertenecientes a las fuerzas y cuerpos de seguridad del a) Estado y b) la ciudad, además de diversas empresas privadas de transporte sanitario; el de los generadores de gasoil que alimentan martillos neumáticos, grúas - pluma y radiales que cortan acero; y el de las herrumbrosas maniobras de recuperación de residuos depositados en dos contenedores de reciclaje apostados ante mi oficina, que tienen lugar -las maniobras- con una frecuencia digna, por lo alta, de mejor empeño.
Aún así, igual que París bien vale una misa, la free-lanch-ería bien vale el IVA.
Ah, le bucolique.

9 de enero de 2008

Crónicas del Highwayman. Jornada primera

Antes, mucho antes de que los coches de gama alta se movieran con cereales, en ese tiempo en que esos cereales eran el único combustible y no una excusa para todo, los reyes y sus favoritos empleaban algunas monedas en elevar los caminos por los que circulaba la vida. Toda ella, desde la Reforma a la Enciclopedia a, claro, las ruedas de las carretas o los hidalgos. Reos y expósitos se deslomaban haciendo terraplenes, convirtiendo los caminos en caminos altos. Ahora sólo hay caminos altos en América: a este lado del Atlántico son caminos de motor, pero en las cunetas siguen embozándose los bandidos, los Highwaymen que robaban a los ricos para dárselo a los pobres para que se lo volvieran a dar a los ricos.



En un día como hoy, en un día como este, no se me ocurren muchas formas mejor de afrontar la vida que la de un Highwayman. Un Willie Brenan contemporáneo que circunvale Dublín o Gavelston o Milán, manejando la brida de ciento cincuenta caballos con el pie derecho. Que dé esquinazo a los cajeros de las gasolineras y a las patrullas de policía, rompa los pasos de los peajes y recoja autoestopistas, sin dejar de silbar al Bernstein de La gran evasión.

Arranca la tercera vuelta del cuenta kilómetros. Stay tuned.