15 de julio de 2008

Folclore eslavo


Si bajo el volumen del ordenador en que escucho emisoras de onda media del Medio Oeste que dan cumplida cuenta de atascos de tráfico, boletines de chismes en español y canciones en gaélico, entonces oigo un canto viril que viene del almacén de alquiler de trasteros que hay enfrente -solar de empresa con concurso de acreedores mediante- a ciento y pocos metros de la ventana de mi oficina. Como de demasiadas cosas, tampoco sé de música. El que me gusten mucho algunas canciones no me hace un melómano, así que no sé tampoco con qué comparar lo que oigo. Son, sí, muchas voces, masculinas y bonitas: diría que como las de un orfeón pero nunca he oído uno y sólo sé – o creo saber- lo que puede ser un orfeón por esta manía mía de acumular información en el cerebro o los sesos: cabe de todo, cabe demasiado: muchas veces pienso que poco más que cultura de suplemento. En cualquier caso, son muchas voces y son muy bonitas y todas cantan a una: sí puedo compararlas mal que bien con otras voces, miles de ellas, y también convertidas en una, que venían de un barco que se acercaba a nosotros en un poblacho dálmata con una playa tan estrecha en la que yo no cabría de largo - en el caso harto improbable que yo me tendiera en playa alguna. Voces recias, eslavas: el barco –claro que tampoco sé de barcos: ¿un paquebote, un ferry?- estaba repleto de cabecitas, parecía un tafetán con un exceso de alfileres. La armonía -¿armonía?- era bella, por supuesto, y le daba a la escena –el mar revuelto, el cielo de la mañana negro, el barco meciéndose con aspecto de sobrepeso y, tras de mí, un monte sagrado- un algo de expectación previa al desembarco que tenía su aquel. Uno en su ignorancia supuso que las voces cantaban al ser amado, o la tierra llana y eslava: uno, en su ignorancia, cae en el error frecuente de dar una pátina indebida a las cosas y así vivir más tranquilo. Ahora, cuando oigo estas escalas viriles y madrileñas, miro hacia el edificio, y aguzo el oído: y no sé de música, pero me agrada creer que esos sean los mismos eslavos que se quedaban afónicos en la costa dálmata. Ahí están otra vez: suena además algo metálico, ¿un triángulo? ¿Lo oís vosotros? Ahh, tendré que alquilar un trastero para averiguarlo: así tal vez tengan mis instrumentos el lugar que merecen.

4 de julio de 2008

Día de la Independencia



Si me dejo comer por el calor, entonces puedo dejarme comer por el tópico y no sentirme culpable por pensar lo que pienso, por vivir conforme a una constatación que es para mí obvia como la luz del sol. Tan obvia y tan verdadera que temo –superstición celta- que se convierta en mentira y se desmigaje: no sería la primera verdad inmutable que veo convertirse en nada, con mayor o menor dolor de mi corazón.
Así, para mí no acepta discusión alguna: cuánto más viejo me hago y más mundo creo ver; cuánto más conozco y soporto, oigo y escucho; cuanto más todo, cuanto más vivo, más me gustan los estadounidenses. Viva América.