25 de octubre de 2007

Sub Diego


Que nunca llueve en el sur de California no se lo ha creído jamás mucha gente pero, lo que es hoy, no lo quiere siquiera Albert Hammond. Arde Malibú, que es un lugar que desde Europa parece más glamouroso de lo que realmente es, pero aún así suena mejor al oído que el Arde París que cantaba aquella en la Casa de Cristal del Retiro madrileño. Las lenguas de fuego suben por las colinas que -supuestamente- protegen a San Diego de la explanada que se extiende desde su sur hasta, como cerca, el canal; y yo recuerdo los tebeos de Aquaman en los que San Diego era destrozada por una invasión alienígena y sus supervivientes adquirían la habilidad de respirar bajo el agua. Hoy, tampoco eso se lo cree nadie. Nunca llueve en el sur de California pero, por favor, por Dios, que llueva hoy.
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Antes del 11S era un lugar común el decir y el creer que Nueva York no era los Estados Unidos -y viceversa-, pero hoy la perogrullada de la ubicación bastarda es propiedad de California. Ese es el clima mediterráneo, las naranjas y el español. Los montes de postes y cables en las intersecciones de ciudades o pueblos con nombres de santos. Los papeles sucios que rodean los remolques en los que puedes comprar burritos, tamales y hot dogs. La alternancia de Goya y el Six Flags en los carteles de los pulpos de las autopistas. Los molinos de viento que flanquean La Quince, y un dependiente mexicano que no da las gracias al aceptar moneda europea con la que seguir decorando el mostrador de su colmado. Hubo un terremoto en algún lado del Mojave, pero ni siquiera lo noté, aún estando despierto.

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Configuración del panel de control




No sé si siquiera como doy con esa palabra, Aran. Bueno, sí lo sé. Estoy pinchando en los paneles de la configuración del blog, sin saber porqué, y la encuentro en una cuenta de correo abierta por el blog y que jamás he chequeado. Surfeo para así no pensar en mis molestias de estómago: la tensión me hincha. Imagino, sí, qué me causa esa tensión, e imagino, también, que tomo té no tanto para aliviar mi pesadez como por acabar, de una vez, con esa caja de Lyons. Y lo mismo es eso. Sí, va a ser eso. Así llego a Aran. A través del té irlandés y no de blog en blog hasta acabar en el panel del mío. Al primer impulso, no sé cuánto tiempo ha pasado desde que estuve allí: tengo que pensarlo y ahora no me apetece. Porque si lo pienso veo a otro yo, seducido por esa isla, a la que recurría como fantasía escapista antes incluso de haberla hollado. Entonces había galácticos, claro. Los siete primeros meses fueron escandalosos. Sí, fue aquel año. Sólo en Aran vi el sol ese verano, el verano en que empezó a dolerme el estómago pero el último verano en que me dolió lo demás. El último verano en que tuve lugar alguno como fantasía escapista, porque en el siguiente, el lugar ya era ella. Sí, todo pasa: no por ser consuelo de simples y -je- escapistas, es menos cierto.
Y ese dormido sobre la arena también era -soy- yo. Un hombre de Aran.

2 de octubre de 2007

Tokio Blues


En lo que llamamos El Mundo De Hoy En Día (república de clima soportable y mayoría de población blanca en la que se disfruta de - a grandes rasgos que no son más que brochazos intuidos desde la cabina de un avión- niveles aceptables de paz -ejércitos y cuerpos de policía medianamente equipados- y prosperidad -disponibilidad de antenas parabólicas a bajo precio, casi tan baratas como la droga y los alimentos refrigerados fabricados en la fronteras del euro), nos gusta creer que hemos cambiado la religión por el laicismo -como si fuéramos personas vitalmente preocupadas por la religión y el laicismo- cuando, todo lo más, hemos cambiado los refranes por los conceptos. Y los hemos cambiado, no por una evolución real del pensamiento si no por puro clasismo y estulticia de nuevos ricos (unos, por no tener a los alemanes encima por primera vez en cinco décadas y otros, por poder matarse con el coche en carreteras de más de dos carriles).
Ahora resulta que los refranes son de gente de campo, de gente de postguerras, de gente ignorante; y no queremos reconocer que los conceptos sólo son dignos de hijos de la enseñanza obligatoria y la prensa gratuita. Los refranes son chascarrillos cuyo origen se ignora - como el de algunas lenguas-, y los conceptos son razonamientos empíricos de profesores anglosajones jubilados. Es el santoral contra el contrachapado, y tampoco es que hayamos perdido algo, pues jamás habíamos tenido conocimiento de Dios o estanterías de iroko. Nunca abundaron las Santa Teresa y los Bill Gates.
Por eso, El Concepto está ahí agazapado y ataca la mente en cualquier momento y situación, como el ansia de fumar: ataca, por ejemplo, cuando el urbanita satisfecho está, en su occidentalidad, comportándose como los personajes de las novelas japonesas de moda -conduciendo y escuchando a Wagner, creyéndose conmovido por un talento desparramado a lo largo del cuarto de siglo que tardó en acabar el Anillo-. Suddendly, la estática de la radio le hace recibir el golpe del Concepto. Y no uno cualquiera. El Efecto Mariposa, ahí es nada. Aunque podría ser La Globalización, Los Americanos, o El Diseño Sueco. Y ahí está él, el urbanita satisfecho, rodeado de otros urbanitas satisfechos quienes, al igual que él, creen deleitarse con la música o las palabras que escuchan mientras juegan con el embrague para contener el gasto de combustible. Todos maldicen -maldecimos- por igual la suerte y el interés variable, instalados de prestado por el TAE en el comfort made in Germany del compacto diésel que caga, sin pensar y sin remordimiento, litros de gases nocivos que se precipitarán, mistrales mediante, en la tierra de labranza de algún honrado eslavo que lo único que quiere es -él también-, que le llegue la hora de hacer llover CO2 y, así, poder decir que ya no cree en refranes, si no en conceptos.