19 de agosto de 2010

El dinero de las putas

Quiero creer, de verdad, que la rotundidad de la frase es, como las sandías, fruta de agosto, cuando dicen que el calor y las vacaciones adelgazan los periódicos y su disfrute -y desde luego las redacciones-, pero así y todo me repele leer aquí que, en 2010, la economía de Castelldefels, una ciudad española de sesenta y pico mil habitantes, se desplome porque una juez haya clausurado –indicios de abuso de menores, corrupción policial y prostitución ilegal mediante- dos gigantescas casas de putas. La razón del desastre es simple, es la base de nuestro mundo: no circula el dinero. Sin las 350 putas que trabajaban en los puticlubes, el dinero no corre como solía, por lo que todo un rosario de “(…)  peluquerías, perfumerías y boutiques de lencería del centro de Castelldefels han visto cómo sus ventas han caído hasta el 40%”. La ciudad se hunde porque los taxistas no hacen carreras, el sex shop no sabe a quién colocarle corsés “de hasta 100 euros”, las lencerías de género imaginativo se ven obligadas a echar el cierre, y las peluquerías tiran sus márgenes rebajando el precio de las mechas de 50 a 10 euros. “Nadie gasta ya como hacían ellas”, se lamentan los comerciantes, como en un blues de los que se roban en el Top Manta.
En el año en que ganamos el Mundial, China adelanta a Japón, y Aznar se planta en Melilla a cerrar España, el pequeño comercio de la Castefa a la que cantan los hermanos Estopa, donde vive Lionel Messi, se hunde porque las putas, como Elvis, han dejado el edificio. Y para remediar estas cosas, no hay destinado dinero público alguno. El mazazo a la ciudad no tiene que ver con que la especulación bursátil o la piratería intelectual hayan tumbado una empresa de alta tecnología, como las de los valles californianos, o con que alguna inmensa factoría no haya sacado al siglo XIX de su cadena de montaje y se vaya con el monstruo a algún rincón del mundo donde no nos llega la conciencia; la ciudad se hunde porque no hay putas, y punto. Y los entrevistados –quienes, por supuesto, tienen que dar de comer a sus familias, etc- claman por su vuelta con el incontestable argumento –por si este retail crash a las puertas de Barcelona no nos conmueve lo suficiente- de que los puticlubes deben abrir porque para las chicas “es peor que estén en la carretera”. Es mejor, dónde va a parar, que estén esclavizadas pero arregladas y limpias, haciendo caja no en cualquier cuneta de polígono sino en puticlubs con nombres de buques de guerra americanos enviados al desguace -¿Riviera? ¿Saratoga?- y con sus extintores clavados en los pasillos cada veinte metros, algún whisky de malta para esos chicos que saben cómo gastar su dinero y, por supuesto, sofisticada imaginería porno, surtida por ese sex shop que no ha vuelto a levantar cabeza. Importa lo que importa: primero, la reapertura de los dos puticlubes; y otro día, ya conquistaremos Berlín. Era a esto a lo que se referían cuando decían que, sin tetas, no hay paraíso.  Y que inventen ellos.