7 de febrero de 2012

What Presence!: Menudos pintas de Glasgow

Cuando Harry Papadopoulos les pedía a los músicos que tocaban en Glasgow que miraran a la cámara y que adornaran con la mejor -o al menos alguna- de sus sonrisas sus caras de haber roto más de un plato, probablemente no sospechaba que sus fotografías iban a revivir en las paredes del Trongate 103 para pasmo de mitómanos, musicólogos y viajeros. La exposición What Presence! The Rock Photography of Harry Papadopoulos me hace afinar mi memoria visual y musical, y me descubre las raíces de la la efervescencia musical de Glasgow, una ciudad repleta de music venues, revistas gratuitas y afiches de conciertos por todas partes. 

Harry fue durante finales de los Setenta y comienzos de los Ochenta fotógrafo de "Sounds", una revista musical repleta de nombres en bold de músicos, bandas y garitos que han pasado a mejor vida, y que yo tan sólo conozco porque en ella colaboró, mucho y bien, Alan Moore. En aquellos no muy maravillosos años en los que Harry Papadopoulos fotografiaba a estos entonces aprendices de leyendas malditas, Glasgow era todo lo post punk que una ciudad haya podido serlo: un inmenso haggis hecho con tatcherismo, turba, astilleros desgarrados y dos equipos de fútbol inmersos desde y para siempre en la guerra santa entre sí y, claro, contra los ingleses: un guiso para estómagos recios cocinado a un fuego lento, muy lento, y rociado con ciento y pico marcas de cerveza y unas gotas de zumo de naranja. No sé de un Irving Welsh que se haya traído a Glasgow a este lado del papel, pero aprecio en lo que valen, que es mucho, las fotos del bueno de Harry: sé distinguir a Bowie, los Orange JuiceAnnie Lenox, Nick Cave, Jimmy Sommerville, el cantante de Erasure que me encuentro constantemente en Deià... Todos ellos, los que yo reconozco y los que no, están en deuda con Harry: fue el fotógrafo que mejor les supo retratar cuando Glasgow lo era todo en la música indie, y quien les daba cama y desayuno cuando giraban por Londres y no tenían dónde dormir. Harry Papadopoulos fue un habitante de la cara B de la industria de la música, arrinconado en el olvido durante muchos años: a esta exposición seguirá la apertura de una fundación para preservar su legado -más de 10.000 negativos que son pura historia de la música escocesa y de Glasgow- y que pondrá en el lugar que merece el trabajo y el talento de un hombre que, desde hace unos años, vive atado a la cama, aquejado de un aneurisma cerebral. Le agradezco a Harry que estuviera allí entonces, pelándose de frío en backstages y puertas de salida de salas, aguantando caprichos e ínfulas, y le doy toda la razón: ¡Menudas pintas!  


What Presence! The Rock Photography of Harry Papadopoulos. Street Level Photoworks. Trongate 103, Glasgow. Hasta el 25 de febrero.

27 de diciembre de 2011

Me, myself & Paesa


Me percaté de quién era y, cuando me dí la vuelta, el Super Espía seguía allí, tras de mí, aguardando plácidamente su turno en la fila del mostrador de los billetes como un runaway cualquiera -como yo-, como un madrileño cualquiera -como yo. Fuera por las ocho horas de viaje en autobús, por el sueño, por el hambre, por la resaca: fuera por lo que fuese, y por más que me llamara la atención desde que se apareció en mi campo de visión dirigiéndose hacia la fila, tardé unos segundos en reconocer a Francisco Paesa; y dí crédito, y me pareció brillante. No Cap Ferrat, no Nassau, no Phuket: la Greyhound de Cleveland, una mañana de verano con el sol recién despuntado, era sin duda territorio seguro para el hombre más buscado del país: ni a mí mismo se me hubiera ocurrido. Le miré a los ojos y él me miró a mí como si ese cruce de miradas fuera uno más en los millones que se producen cada segundo en los ascensores del mundo: lógicamente casual, inocente, anodino. Volví a mirar al frente. La docena de tipos que había delante de mí -pasajeros de mi autobús, algún chaval con pinta de haberse escapado de casa, dos amish- se cambiaban los petates de hombro, hablaban en jerga, o no hacían nada de todo eso. Alguien había encontrado la información que necesitaba y, tal vez, abandonaba para siempre la ciudad. Arrastré mis pies y seguí oliéndole, sabiéndole detrás de mí. Me daba igual. Por un instante, dejó de merecer mi atención. 

Yo era lo que parecía: un tipo oliendo a carretera -asiento de autobús, tabaco, sudor, bourbon en botella de plástico- que buscaba ATM's en puntos lo más alejados posible entre sí de los que ordeñar un dinero que pensaba no era suyo. Paesa parecía lo que no era: un jefe de planta de un Corte Inglés de buena zona -Nuevos Ministerios, el paseo Zorrilla-, un caballero español de gafas españolas, olor español, peinado español, traje español, rasgos españoles, y los dos brazos ocupados, uno con un ejemplar de la edición internacional de El país, y el otro dado a una madura señora -española, claro. Ambos formaban una pareja claramente-no-americana de mediana edad aguardando a ser atendida en la cola de la única taquilla abierta en el vestíbulo, grandilocuente y excesivo, de la terminal de la Greyhound de Cleveland. Cotidianamente relajados, como lo estaba yo. Como lo estaba Paesa, como si apenas tres semanas antes no se hubiera publicado en la prensa la esquela que anunciaba su muerte, algo que yo, a siete mil kilómetros de casa, aún no sabía. Hubo ruido allá al fondo, ante la taquilla, y volví a arrastrar los pies, haciéndome el despreocupado, intentando aparentar con mis movimientos que no era español y que, por lo tanto, no sabía quién tenía tras de mí. El olor desapareció. Y cuando me volví, ay, el Super Espía ya no estaba allí. 

13 de septiembre de 2011

"Irlanda, la Verde Erin", charla en la National Geographic Palma Store

Que Irlanda me apasiona no es ningún secreto (aquí, aquí y aquí hay algunos ejemplos de ello), así que era cuestión de tiempo el que compartiera en directo esa pasión. La oportunidad me la brindan los amigos de National Geographic Palma Store (Jaime III, 2, Palma de Mallorca), donde este jueves 15 de septiembre, a partir de las 20:30, impartiré la charla "Irlanda, la Verde Erin". El acceso es libre y hasta completar aforo.  ¡Os espero allí!

29 de agosto de 2011

Agosto se suicida


Fiel a su costumbre, y como todos los años por estas fechas, Agosto se suicida. Lo hará exhausto, tras haber derrochado treinta y un días en demostrar inútilmente su existencia, porque el Mundo –que no sus placeres- está empeñado en hacernos creer que Agosto es mentira, una estratagema comercial más parida por algún genio del retail, como San Valentín o la Semana Blanca. Pero no: Agosto existe -yo lo he visto- y, harto y espantado, se quita de en medio. Este año lo hace con algo de ruido, llevándose consigo el ensimismamiento que regala siempre, esa agradable modorra que nos ata al dolce fare niente que tal vez merecemos pero que no permite apreciar como merece la sucesión de hechos que han manchado, alega Agosto en su nota de suicidio, su vida. Ya no hace falta mandar a los mercenarios a saquear Roma, pues su botín viene, más motu proprio que nunca, a la capital del Reino; y tanto da que los mercados preñen otoño, que ardan Londres o Trípoli o que lluevan rayos y centellas, porque Agosto es un mes pertinaz, que susurra volutas de arena, sopla incansable nubes de espuma de cerveza y se perfuma con salitre mientras el Mundo, también obstinado, le golpea hasta hacerle claudicar y arrojarse por la borda una y otra vez, a lo Ganivet; y es entonces, cuando los periódicos recuperan las hojas perdidas en el verano, las escuelas vuelven a la vida, y la expresión ‘Operación Salida’ señala políticos en lugar de carreteras colapsadas, que comenzamos a lamentar el que, tal vez, el Mundo -que es como decir la imaginería católica kistch- merecería ser de otra manera. 

2 de agosto de 2011

Los cuatrocientos disparos



No puedo tirar la primera piedra: no soy tan lego ni tan inocente como para impartir lecciones morales, escabullirme disimulando con las manos en los bolsillos mientras silbo notas inconexas, o decir ufano que, a mí, que me registren: a fin de cuentas, también para esto me ha tocado ser español. Como si fueran cuatrocientos peces garra rufa mordisqueándome los talones, así siento los cuatrocientos puntos de diferencial de la deuda patria, cabalística cifra con la que -dice la tele y la tele nunca miente, ni siquiera la TDT- comienza la cuenta atrás que anuncia el inminente desembarco de los buenos en nuestras costas -si sus servicios de inteligencia son capaces de encontrar un palmo de ella sin enladrillar o sin espetos donde poder tirar los humvees-, y así evitar que los paletos nos llevemos con nosotros al infierno el mundo tal y como lo conocemos. Ya me gustaría a mí sacudir los hombros y decir en el bar que esas cosas no van conmigo; pero, amigo, vaya que si van. A esa vaina no hemos jugado todos ni lo hemos hecho con los mismos boletos, pero es a todos a quienes se nos rompe -como el amor de tanto usarlo- la baraja: cosas que suceden por abusar de la Visa y gastar lo que no se tiene en lo que no se debe. 

Pasa lo mismo pero menos en otros países, me echan en cara a mí, honrado contribuyente, los señores de la TDT -que no miente, etc-, y me remueven la conciencia contándome que donde no sale el sol se atan los perros con longaniza a sedanes de alta gama, mientras que a mí, nacido en el Mediterráneo, me rodean coches de matrículas sin banderita europea -de cuando un euro valía un ecu-, y mis conciudadanos se ceban orgullosos y agradecidos en caladeros de marca blanca. Me gustaría, como a Aguirre, estremecerme ante la cólera de Dios; pero la Providencia a la que me toca encomendarme es más de esconderse bajo su mesa del saloon de Bruselas a ver si les encasquilla los Colt a los pistoleros, que no hacen caso de los lugares comunes, nos otorgan la ninguna piedad que merecemos por jugar a las pirámides, y descargan -ellos sí ufanos- sus tambores de swaps y etecés en nosotros, tramposos y humildes -más de lo que pensábamos- pianistas, hasta dejarnos hechos un colador por el que se nos transparentan las muchas miserias y por el que se nos escapan las pocas reservas de sangre, esfuerzo y sudor que teníamos. Y, por supuesto, todos y cada uno de nuestros dólares: los ganados honradamente y los que no.