miércoles 4 de noviembre de 2009

Recuerdo de Francisco Ayala


Se ha muerto Francisco Ayala. Me hizo mucha ilusión el saber de repente, un día cualquiera, que era tío o padrino de pila de JLR, uno de los mejores amigos de mi padre, y más ilusión me hizo aún cuando ese amigo me concertó una cita con él y me dijo que fuera a verle a la Academia tal día a tal hora. Allí fui, una tarde de jueves, en primavera: tampoco estoy seguro de los años que han pasado desde entonces, pero como me presenté ante él –cumpliendo todos los tópicos- con la primera novela que escribí, serán catorce, o quince. Recuerdo que yo estaba muy nervioso: seguro que llevaba chaqueta, en esa época vestía chaquetas con los bolsillos sin descoser para que no se desbocaran. También fumaba, así que lo último que haría antes de entrar en la Academia y preguntar por él sería apurar un cigarrillo. Tampoco recuerdo cuánto esperé, pero sí que no fue mucho, o apenas nada: su despacho estaba cerca del vestíbulo, a la derecha. Yendo hacia él atisbé la sala donde se reunían los académicos: caminaba y miraba con el respeto y el temor con que uno se pasea por los tanatorios o las iglesias, cuando protagoniza las ceremonias. Era antes de la media tarde: la sobremesa, las cuatro, las cuatro y media, y en el despacho don Francisco –así le llamé- no tenía encendida la luz eléctrica, y como la escena no tiene luz natural a la que le queden más de un par de horas de vida, debía ser el mes de marzo. Me pareció muy delgado, y mayor, muy mayor: me fijé en que se fijó que yo llevaba una carpeta con, pensaría con horror -presumible y acertadamente- una novela -pensaría también, presumible y acertadamente- mala. Yo iba con la lección aprendida: ya hacía tiempo que me había conmovido con La cabeza del cordero, Muertes de perro o Los ursupadores, y a pocos días de la cita, me había preocupado de saber lo mínimo que exige la educación sobre mi interlocutor. “Le gusta leer, claro” “Claro” “¿Lee en francés y en inglés? Hágalo. Lea mucho”, y no recuerdo sino muy vagamente el resto de la brevísima conversación, que a mí me pareció –aún me lo parece- un regalo inmerecido mientras tenía sobre mis rodillas la carpeta que guardaba mi novela para que él la leyera y que no me atreví -¡cómo me iba a atrever- a poner sobre su mesa. Luego, con los años, su nombre se coló en mi diccionario de uso cotidiano y me sirvió siempre para definir “intelectual”: no voy yo a descubrir ahora porqué merecía ese calificativo, ni quien diga que ese adjetivo adquiría toda la dignidad, de la que suele carecer, cuando iba asociado a su nombre. Qué pocos quedan, si queda alguno. Se ha muerto Ayala. Qué pena me da.

domingo 23 de agosto de 2009

Miquel Barceló: Año Uno

Giro mi coche mientras miro al policía que guarda la puerta del palacio en que duermen estos días los reyes y enfilo la pendiente pronunciada de la calle. Antes de llegar al aparcamiento de la fundación, a la sombra de una espantosa y peligrosa –me dice constantemente la prensa- corrala de apartamentos con nombre viajero, ya me he convencido de que Le Corbusier ganó la partida y de que, al final, alguien mató a las calles. No ha hecho falta para ello empotrar con fórceps en las ciudades pasos elevados y túneles: ha bastado con pudrir esta bahía perfecta con edificios de materiales baratos en cuyos infinitos balcones cuelgan incontables toallas y piezas de baño made in China, y las antenas parabólicas, al igual que en todas las orillas de este mar, se arraciman mirando en sólo una dirección a la caza de noticieros en alemán. Hay que forzar la imaginación para obviar tamaño crimen y poder colegir la vista que relajaba e inspiraba a Miró cuando compró esta finca hace ahora cincuenta años. Las cigarras cantan a un volumen irrealmente harto: quiero creer que no es por el calor tropical sino porque la isla, o la Naturaleza, quieren convencerme de que estos pinos, que encuadran mi mirada y la desenfocan de la intrusión de las torres en las que se amontonan las resacas de los turistas, son el testimonio de que hubo un momento en que esto –las cigarras, las agujas de los pinos, el sol alisando el mar allí delante- no era así, de que el paraíso existió y una de sus muchas puertas era la de este jardín de Son Boter, la possesiò que Joan Miró hizo suya, y en la que dejó grafitis en las salas vacías, de techos altos, y ristras de ajos secas en una cocina pensada en el siglo XIII. ¿Qué más puede desear un creador que contemplar pinos y, al fondo, el mar? Una oficina, un lugar, un taller. Siempre. La habitación propia de Virginia Wolf tiene aquí formas blancas y color en las puertas y ventanales en las que se cuela la luz del norte que Miró, confiesa en la entrada, no buscó: él sólo quería un espacio para crear, que es, claro, un espacio para ser. La inspiración, si viene, lo hace creando; y la creación, si llega, la hacemos siendo.

Hay que bajar unos escalones para entrar en el vientre de Moneo donde descansa la obra de Miró, acompañada estos días -y a esto hemos venido, no a sufrir con la evidencia de que no hay mejor paisaje del que ya se fue- de trabajos del primer Miquel Barceló, el de antes de ser Miquel Barceló, cuando Mali estaba, como en los tebeos, en un universo paralelo al que pertenece Felanitx y la inquina por venir se antojaba como un peaje a pagar –tan español como el destrozo de la tierra- por supurar talento. Las salas de Moneo son como una gallera donde, con nuestro recuerdo, salvamos para la posteridad un bestiario de arca bíblica en el que caben perros de mil ojos, perros que muerden perros de fémures rectos que se incrustan en hombres, escarabajos en tinta y pulpos sin ella y tapas de mejillones con cerveza. Franco está caliente en la sierra de Guadarrama y Barceló fuma en catalán echando el humo a la cámara, ahumándonos: Swinging Majorca. El artista, inocente ante el futuro que le husmea, se hace presente en calas arrancadas de leyendas en las que sólo caben el mediterráneo eterno, la vida de los pescadores y sus instalaciones, filmadas con un grano que uno situaría igual en el año que nació que en el año en el que nació Homero. Barceló mira al suelo y a los matojos y entiende la vida y la quiere encerrar en marcos: semillas, insectos, plumas, arenas y conchas, un pescadito y, tras ellos, él mismo, con la vacuidad propia e ingenuamente irreverente del artista en cocción que colecciona y muestra su propio vello corporal pero que, al tiempo, nos promete todo con autorretratos en los que, esparciendo pintura con las manos, nos regala su trance creativo a nosotros, los que ya nos hemos olvidado de que, tras los cigarros encerrados en cajas y pegados a un papel rayado, un pez naranja se mueve a espasmos en el estanque de agua marrón y los pinos perdieron la guerra contra el aluminio. Hoy, ahora, con Barceló en la casa de Miró, lo perdonamos todo. A ambos, se lo agradecemos todo.

"Barceló antes de Barceló. 1973-1982". Hasta el 27 de septiembre en la Fundació Pilar y Joan Miró a Mallorca (Palma).

lunes 13 de julio de 2009

Castilian Spanish


Me siento raro y pequeño cuando leo la expresión Castilian Spanish para definir lo que hablo a casi todas horas (mis progresos con la otra lengua romance y oficial que me rodea son como el suelo del infierno para los ingleses: empedrados de buenas intenciones, y nada más). El haberme ganado la vida con –entre otras cosas- el idioma tal vez no legitima la certeza vital de que siento el que a mí me define lo que hablo: aquí y allí, en La Roca y en la otra Roca, la de Alcatraz. Entonces, ¿soy un castilian spanish? Me imagino portando un pendón morado por los pasillos de las empresas con filiales en lugares en las que se habla, a secas, el spanish. Méndez Álvaro, los ingleses y Cuzco (¿o será Cusco?): más vale honra sin barcos que barcos sin honra etc etc, y América –como París- bien valen tanto una misa como un caballo. Tanto tiempo presumiendo de castellano sin serlo que ahora, proverbialmente, tomo dos tazas: castilian spanish... A mi madre le bastaban dos minutos en su casa, bajo su cielo –bueno, de hecho le bastaba con que le saludara mi abuela al verla bajar del coche- para romper a hablar en bable, o gallego, o lo que fuera esa lengua con la que se había criado y había crecido (y que a mí me parecía una lengua cantarina y donde todo acababa en –e: abondo, deitar, cedo). Hoy, me creo que por pasar dos minutos esperando por una Corona fría en alguna cantina poblense de la Nueva España y agradeserlo disiendo grasias, el spanish adquiere un carácter eterno y a prueba de holocaustos nucleares, como las cucarachas.

viernes 10 de julio de 2009

¿Qué comen los manatíes?


El manatí es un animal recurrente en mi mitología viajera: comenzó cuando M me dijo, en la terraza del Hotel Nacional de La Habana, que Meyer Lansky los devoraba, flambeados, en la terraza del Hotel Nacional de de La Habana; más tarde, comencé un blog con la palabra 'manatí 'en su cabecera y siguió cuando Ella dio de comer con sus propias manos a uno en la playa del Sheraton de Key West (y todavía hoy, cuatro años después, sigo sin perdonarme el no haber fotografiado ese momento)... La manatimanía continúa presente en mi artículo "¿Qué comen los manatíes?" , que se publica en la revista Savia de este mes.

Lee aquí el artículo "¿Qué comen los manatíes?"

jueves 2 de julio de 2009

Bailando en Innisfree



Existe un lugar en el que sus habitantes más viejos viven con la certeza de que, en el Día del Juicio Final, Dios abrasará el mundo con un beso. Y duermen con el miedo a ser raptados por duendes y hadas, aunque sepan de muchos amigos y parientes que han sido liberados siete años después, con los pies gastados, sin dedos, de todo lo que han bailado durante el cautiverio…

Ese lugar es el País de las Hadas, una prístina y salvaje esquina del noroeste de Europa: el condado de Sligo, hogar de todos los seres mágicos que en este mundo –que es Irlanda- han vivido y, también, de William B. Yeats (Dublín, 1865–Roquebrune, Francia, 1939), el más grande poeta de su tiempo, a juicio de TS Eliot, y que fue muchas cosas más: patriota, protestante en la Irlanda católica y subdesarrollada que se sacudía el yugo inglés, celebrante de ritos mágicos y druídicos, y exiliado en la Costa Azul, donde le sorprendió la muerte: porque en Sligo no le hubiera sorprendido, sino sacado a bailar. La belleza y el hálito mágico de esas tierras despertaron en el joven Yeats -que pasó parte de su niñez y los veranos en la casa de su abuela en Merville, un pueblecito del condado- las dos grandes vocaciones que marcaron su vida: la literatura y una Irlanda libre. “El lugar que realmente tuvo mayor influencia en mi vida fue Sligo”, dejó dicho: Yeats se cayó en una marmita de cuentos e historias de hadas y héroes celtas y diablos que se transforman en ejemplares del Irish Times, pero también incubó un amor desmesurado por una patria que sabía raptada y no trasladada a un País de las Hadas tomado por la felicidad más absoluta, como en las leyendas y los rumores que le dictaban las viejas de Dromahair, sino a un país arrasado por la despoblación, el hambre, la ignorancia y el despotismo británico. Yeats puso muchos ladrillos en la construcción de esa patria irlandesa que, cuando comenzó a publicar sus primeros poemarios, anunciaba ya su llegada… aún con fórceps. Y lo hizo, además, en el idioma del opresor.

Fue precisamente por eso, por “dar expresión al espíritu de toda una nación” en libros como ese El crepúsculo celta repleto de cuentos que le contaban y que descansa en el asiento trasero de nuestro Hyundai alquilado, que la Academia Sueca le distinguió con el Nóbel de Literatura en 1923. También Irlanda se crea y se recrea en esa antología de la que sobresalen papelitos de color amarillo y uno, el más grande, rojo: el que marca la página donde está el poema más conocido de Yeats: La isla del lago de Innisfree. Sí, Innisfree existe: las invenciones de John Ford para El hombre tranquilo fueron muchas, entre ellas el pueblo, pero el topónimo existe. Es el turno, entonces, de poner rumbo a Innisfree, la real Innisfree, la imagen onírica de Irlanda, hecha cuerpo en una de las islas que salpican el lago Gill, a unos kilómetros al este de Sligo, la capital del condado.

Conduzcamos al revés, sufriendo la aterradora simetría del novato, en busca de ese País de las Hadas que Yeats decía es “el decorado más salvaje y hermoso que se pueda imaginar, bajo un cielo siempre cargado y fantástico de nubes en movimiento”. Arranquemos vegetación de la cuneta con ese retrovisor izquierdo que no ubicaremos jamás y dejemos que la magia nos lleve por pasillos asfaltados -llamados en Irlanda “carreteras”- que enmarcan escenarios de leyenda celta: brumas y lagos, ruinas de piedra y casas solitarias, iglesias adustas y un clima caprichoso por malcriado; y, claro, olor a turba. Oímos respirar a las hadas y los duendes, los seinn, a quienes achacamos los hechizos del viaje: el estrechamiento del tiempo que transmuta cien kilómetros en cuatro horas, o la profusión de criaturas de fábula que se cruzan delante de nosotros: vacas y ovejas paciendo en cunetas inexistentes, ancianos rubicundos de concepciones insulares sobre la velocidad y la educación vial que gritan en gaélico, y docenas de estruendosos camiones de cuarenta toneladas, con cabinas presididas por telas de la virgen negra de Katowice, bajo cuya advocación desgasta el pedal del acelerador su conductor. Somos, de nuevo, hechizados: el trailer desbocado y el coche coreano ocupan el mismo espacio al mismo tiempo. Al mirar por el retrovisor, sólo vemos hojas de periódico suspendiéndose sobre la calzada. Suspiramos otra vez.

Si Irlanda es la belleza hecha verde, bella hasta secar las pupilas, el condado de Sligo es la hija que el padre antiguo esconde a las visitas, temeroso de Dios por engendrar tanta beldad. Sligo, la capital del condado, es una de esas pequeñas poblaciones irlandesas a las que jamás nadie verá como una ciudad: Unos pocos miles de habitantes, algún urbanita a la búsqueda de una cottage barata, carnicerías, un río de aguas negras y heladas y una mansión asomada a un puente en la que un grupo de ancianos lee con toda la tranquilidad del mundo: es la William B. Yeats Society, que organiza cursos en los que los americanos engolan el acento irlandés para recitar los poemas de From the wind among the reeds y se emocionan a la irlandesa: dejándose ahogar antes que salir las lágrimas. Abundan en Sligo los reclamos con el nombre del poeta, pero nadie parece darse cuenta, y menos que nadie las quinceañeras que, con tacones imposibles, leggins y camisetas del Liverpool, se dejan piropear por eslavos enormes como una llanura, mientras los chicos de la pandilla, pecosos y tímidos, no sacan las manos de los bolsillos. El legado de Yeats está al alcance de todos en Sligo: su alma, a unos kilómetros. Esa él quiso que descansara en una iglesita de Drumcliff, a los pies del Ben Bulben, un monte que aparece de repente desde casi cualquier sitio: una caja cuadrada de lomas verdes que refleja como un espejo demasiado bruñido la luz del sol. En una de sus laderas hay un grupo de piedras calizas que es una puerta al otro lado, que se abre cada noche y por la que salen los duendes, las hadas, las banshees y los cerdos encantados, para volver, mortales de resaca, con la compañía hipnotizada de pastores, mujeres bellas y niños que caen en el encantamiento y se dejan convencer, hambruna y abusos de la metrópoli mediante, para acompañarles a un mundo mejor, perfecto.

No hay luz más infinita que la del atardecer: allí está Innisfree. El zumbido de las abejas tapa el de nuestras pisadas sobre la gravilla del mirador. Miremos hacia la isla extasiados, como hizo Yeats hasta conseguir escribirla, hagamos lo que él hacía en el poema: permanezcamos quietos mientras oímos el agua en lo más profundo del corazón y soñamos con una choza, con la paz. Con Irlanda, con el País de las Hadas. Tengamos cuidado de no quedarnos sin dedos de los pies: es tal la felicidad que se respira en este lado del espejo, tal la perfección de la belleza que contemplamos, que Dios, el día del Juicio, además de abrasar al mundo con un beso, castigará a todos los raptados por que las almas no pueden y no deben ser totalmente felices. Y mirando a Innisfree, la felicidad es perfecta. Bailemos.

lunes 29 de junio de 2009

Víctima del Imperialismo


La sensación tenía que llegar, y llegó: ahí estaba. Ella, claro, siempre fue consciente de que ese momento llegaría, pero nunca le había dado más importancia de la que sospechaba que tenía: tampoco puede decirse ahora que esa manera de asomarse al abismo fuera un error, todos somos humanos y tendemos a mirar hacia otro lado siempre que nos conviene. Se alisó la falda al salir del taxi y, antes de doblar la factura y guardarla –con cuidado- en la cartera, miró el precio de la carrera: algo menos de tres monedas. Nada. Percibió entonces el tono ligeramente insolente en la voz del taxista segundos antes, cuando le devolvió el cambio. Menos de tres monedas por una carrera de taxi en la ciudad que la vio nacer y vivir y que ya no contaba con ella como ciudadana. No hubiera tardado siquiera un cuarto de hora entre un punto y otro si los hubiera unido caminando, y además con esa sensación tan placentera que sentía, durante estos días de misión comercial, al caminar por las calles de su vida y que no era otra –ahora lo sabía- que la seguridad distante del que camina por un lugar que no es el suyo. También por eso, porque esta ciudad ya no era la suya, los chaflanes se le antojaban más armoniosos que nunca, la electricidad del suelo le calambreaba más estimulantemente que nunca, los camareros le cortaban el café más amablementeque nunca. Todo, claro, porque ella ya no pertenecía a la ciudad. En la ciudad, sólo un extraño hubiera tomado un taxi para cubrir esa distancia, hubiera pedido con educación un café, o se hubiera fijado en las fachadas de los edificios. Guardó entonces el ticket, levantó la mirada ante la mole de cristal en cuyas tripas le estaban esperando y fue entonces, sólo entonces, al pensar en que en casa no había edificios así, cuando se dio cuenta de que ella, la más elegante de todas, había sido absorbida por la provincia.