22 de enero de 2017

Una entrevista a Frank McCourt

Frank McCourt, el alumno aventajado

Entrevista publicada en ClubCultura (mayo de 2006)


Cuando Frank McCourt (Brooklyn, EE UU, 1939) se arrastraba enfermo de hambre y frío por las calles de la sórdida Limerick de la no menos sórdida Irlanda de los años 40 no pensaba que algún día ganaría un Pulitzer por contar las penalidades que sufría, las palizas de su padre o el número de sus hermanos muertos. Preso de una infancia machacada por los prejuicios hacia los inmigrantes y el catolicismo más fundamentalista en uno de los países más pobres de Europa, con una infancia que supera la descripción más acerada de Dickens, tuvo que volver a la América que dejó con tres años para desembarazarse de una educación represora y ser dueño de su propia vida. Tras alistarse en el ejército y obtener el título de profesor, McCourt se dedicó durante tres décadas a dar clases en institutos de secundaria en algunos de los barrios más desfavorecidos de Nueva York. Pero la publicación de sus años en Irlanda, Las cenizas de Ángela, pusieron su nombre en todas las librerías y medios de comunicación del mundo. 15 millones de ejemplares vendidos, otro libro y una película después, McCourt nos cuenta ahora su inmersión en el melting pot USA desde una de las mejores perspectivas posibles: la que da estar sentado detrás de la mesa del profe.


¿Cómo define la experiencia de enseñar en Nueva York durante más de 30 años?

Fue duro pero aprendí mucho. Sólo la experiencia puede ayudarte a ser un profesor competente. Algunas veces me he arrepentido de haber estado enseñando durante 30 años y no escribir, pero fue una experiencia muy satisfactoria que me convirtió en lo que soy.

¿Por qué vio la necesidad de contar su experiencia docente en un libro?

Quise que la gente viera que la enseñanza es como la vida, literalmente. Si solo hubiera escrito Las cenizas de Ángela sería igual de feliz. Estoy seguro de que Edmund Hillary y Tenzing Norgay sintieron lo mismo cuando llegaron a la cima del Everest, ellos dos en la cima de la montaña más alta del mundo. Las cenizas de Ángela fue mi montaña. Tenía que contar la historia. Si no hubiera escrito nada más, si no hubiera ganado dinero con ello, lo hubiera hecho igual y la gente lo podría leer. Fue como cumplir un sueño, eso fue lo más importante. Podría haber muerto tranquilo. Quería sacarlo de mí. Pero lo que de verdad quería explicar es cuán difícil es ser profesor.

El profesor es un canto a la educación, un libro que debería leer todo aspirante a maestro...

Gracias. Espero que los profesores de todo el mundo lean el libro. Normalmente, los médicos, los abogados, los militares, los actores, la gente de la televisión y los políticos son admirados y recompensados, pero no así los profesores. La enseñanza es la doncella de las profesiones. Pero puedes ser muy motivador para tus alumnos.

En sus tres libros, se aprecia que una de las cosas que han marcado su vida ha sido la presencia agobiante del catolicismo. Como profesor, ¿cree conveniente la educación religiosa en estos tiempos de hoy?

Si tienes fe, la religión es algo bueno. Si no la tienes, entonces la gente no debería molestarte. En algunos países la religión es un elemento positivo. En otros, destructivo. Cuando era crío, creíamos que el alma estaba dentro del cuerpo y era blanca. Así que si cometías un pecado, cualquiera de los siete pecados capitales, habría una mancha en tu alma que se convertiría en un tumor que supuraría y crecería, de la que no te podrías librar hasta que fueras a ver al cura y te confesaras. Pero si te atropellaba un camión yendo a verle y el pecado seguía en tu alma, ibas al infierno. La Iglesia nos señalaba las fronteras: te diremos cuáles son los pecados, y si los cometes te perdonaremos. Nos tenía cogidos por todos los lados. Pero los padres ya no pueden decirte que te van a enviar al cura y me pregunto qué va a reemplazar esta estructura moral y teológica tan férrea. Va a ser muy interesante para los historiadores ver qué va a pasar a Irlanda ahora que la Iglesia ya no es un poder de referencia.

¿Cómo ha cambiado su vida tras el éxito mundial de Las cenizas de Ángela?

No me tengo que preocupar por el dinero. Puedo hablar todo el tiempo del mundo sobre la enseñanza y la gente lo escuchará. Pero la fama es tanto una carga como un placer, porque es algo para lo que no estás entrenado. Ya sabes lo que pasa: la gente se casa, y en un año se divorcian. Les enferma: alguien tiene que cambiar el rollo de papel higiénico y cerrar bien el dentífrico, y sacar la basura, y lavar los platos... esas realidades sórdidas. Así es la fama. La gente ahora me mira. Solía ir a bares de Nueva York y yo era “el profesor”, pero después ya era “ooh, Frank McCourt”. Buscaban mi opinión. Eso cambió. Y puedes amargarte y decir, “Eh, nunca me reconociste cuando era profesor”, pero no puedes pensar de ese modo. Así es el mundo.

En Limerick, la ciudad irlandesa donde pasó su terrible infancia, hay tours organizados por los lugares reflejados en su primer libro. ¿Ha vuelto desde entonces a la ciudad?

Sí, he vuelto. Todo ha cambiado. Nunca podré sacar a Irlanda de mí. Volví hace unas semanas. En Limerick hay opiniones negativas sobre el libro y la prensa hace que sean más fuertes aún. Pero lo importante es que tengo un título honorario de la Universidad, el alcalde me recibió, Las cenizas de Ángela ha desaparecido de las estanterías, cuando pusieron un anuncio buscando extras se apuntaron centenares de personas y el Ayuntamiento no puso traba alguna al rodaje de la película. Sólo esto derrumba toda controversia.

¿Cómo contempla desde Nueva York la brutal evolución vivida por Irlanda en estos últimos años?

Irlanda ha cambiado radicalmente desde mi niñez, y para mí lo más asombroso es cómo la Iglesia Católica ha perdido su poder, esa es la principal diferencia. Hubo un tiempo en el que los cardenales, los obispos y los arzobispos dirigían el país. Había un gobierno, pero los curas podían echar a cualquier político que no les gustara. Pero ahora a nadie le importa la Iglesia, nadie va a misa. La iglesia de la Redención a la que solía ir en Limerick se llenaba sólo de hombres tres noches por semana; ahora, sólo hay un oficio, y no se llena ni la mitad. Ya no hay sentido del pecado. Me hubiera gustado crecer así. Clemente Corona.

El profesor fue publicado en 2006 por Maeva.

7 de diciembre de 2016

Mil Razones Para Viajar, en el programa "La Ruta del Viajero"

Hace unos días, el gran viajero y mejor amigo Joaquín del Palacio me abrió una vez más las puertas de su casa radiofónica, su imprescindible programa La Ruta del Viajero, en Gestiona Radio. Allí, compartí con él, sus invitados -Georg Kapus y Cristina Furtner, de la Oficina de Turismo de Austria- y sus oyentes la puesta de largo de Mil Razones Para Viajar, el podcast de Tu Gran Viaje, cuyas entregas podéis escuchar en esta página de Ivoox.

Siempre es un placer poder contar en el programa La Ruta del Viajero las iniciativas, campañas y proyectos de Tu Gran Viaje, y es más de agradecer si cabe en este momento para su director, Joaquín del Palacio, inmerso como está en la realización de uno de los programas estrella de la temporada en Telemadrid, D Origen Madrid. Me ha encantado poder compartir las mil razones para viajar que son, a fin de cuentas, lo que nos mueve cada día en Tu Gran Viaje.

Mil Razones Para Viajar, en La Ruta del Viajero







En Tu Gran Viaje, te damos #MilRazonesParaViajar







2 de agosto de 2015

Tener el brazo largo


De un volantazo salgo de la carretera y, haciendo caso de mi padre, porque aunque yo no lo crea, sabe lo que dice, asciendo a Urueña como lo harían, nos reímos y quremos creer, los antiguos: levantando polvo y piedras, lamentando los quejidos de la montura, sorprendiéndonos del traqueteo, poniendo en duda la cordura del consejero: por un camino. Aparco delante de una casa de dos plantas y poyete a la puerta, una casa que no es un casa y sí un sueño: ocupa una manzana y el cartel que dice que se vende está escrito con letra primorosa y remite, románticamente, a un teléfono fijo. Caminamos. A la sombra de la almena mejor conservada de la villa están los columpios para hacer ejercicio; en una librería de enfrente se anuncia para dentro de unas horas la presentación del libro del amigo de un amigo. El pueblo está casi desierto, las librerías vacías: los pequeños corretean, los mayores les reconvienen y yo curioseo tranquilo, sonriendo cuando me encuentro el libro de algún amigo por un par de euros, poniéndome nervioso cuando lo que encuentro es lo que no esperaba encontrar. Lleno una bolsa en una librería y en otra, lleno otra más: me paseo por el pueblo amurallado, entre casas molineras y corrales en venta, librerías de viejo y murales donde aparece Delibes, relamiéndome por las horas mediterráneas que Bashevis Singer, Munro, Wiener, Miller y Plà van a hacer, algo increíble, aún mejores.



En un bar que podría ser una atalaya -la vista se pierde pero lo hace también en el tiempo: no creo que la panorámica haya mutado mucho en siglos-, mi madre pide un café de puchero y no conseguirá dormir casi hasta el amanecer y a mi hijo se le cae su juguete tras de una reja. "Menos mal que tu padre tiene el brazo largo", le dice su madre. Y es verdad, tengo el brazo largo. Llega a todas las estanterías de las librerías de este paraíso que es Urueña, Villa del Libro. Se ha ido el sol pero sigue haciendo calor. Cuando nos retiramos, veo y oigo cómo el amigo de amigo habla de Sarajevo y del EI ante una audiencia absorta que está sentada en sillas de mimbre y tumbonas de piscina; qué lejos queda todo ello en el momento en que mi padre se echa a andar, llega a la casa del sueño, se sienta en el poyete centenario y se convierte, de repente, en el castellano de libro que es: la pierna derecha cruzada sobre la izquierda, el peso del tronco apoyado en el brazo sobre la rodilla, mirándonos y ver nada y todo al tiempo. Saldremos de la Villa del Libro por donde entramos a ella, claro que sí.