2 de octubre de 2007

Tokio Blues


En lo que llamamos El Mundo De Hoy En Día (república de clima soportable y mayoría de población blanca en la que se disfruta de - a grandes rasgos que no son más que brochazos intuidos desde la cabina de un avión- niveles aceptables de paz -ejércitos y cuerpos de policía medianamente equipados- y prosperidad -disponibilidad de antenas parabólicas a bajo precio, casi tan baratas como la droga y los alimentos refrigerados fabricados en la fronteras del euro), nos gusta creer que hemos cambiado la religión por el laicismo -como si fuéramos personas vitalmente preocupadas por la religión y el laicismo- cuando, todo lo más, hemos cambiado los refranes por los conceptos. Y los hemos cambiado, no por una evolución real del pensamiento si no por puro clasismo y estulticia de nuevos ricos (unos, por no tener a los alemanes encima por primera vez en cinco décadas y otros, por poder matarse con el coche en carreteras de más de dos carriles).
Ahora resulta que los refranes son de gente de campo, de gente de postguerras, de gente ignorante; y no queremos reconocer que los conceptos sólo son dignos de hijos de la enseñanza obligatoria y la prensa gratuita. Los refranes son chascarrillos cuyo origen se ignora - como el de algunas lenguas-, y los conceptos son razonamientos empíricos de profesores anglosajones jubilados. Es el santoral contra el contrachapado, y tampoco es que hayamos perdido algo, pues jamás habíamos tenido conocimiento de Dios o estanterías de iroko. Nunca abundaron las Santa Teresa y los Bill Gates.
Por eso, El Concepto está ahí agazapado y ataca la mente en cualquier momento y situación, como el ansia de fumar: ataca, por ejemplo, cuando el urbanita satisfecho está, en su occidentalidad, comportándose como los personajes de las novelas japonesas de moda -conduciendo y escuchando a Wagner, creyéndose conmovido por un talento desparramado a lo largo del cuarto de siglo que tardó en acabar el Anillo-. Suddendly, la estática de la radio le hace recibir el golpe del Concepto. Y no uno cualquiera. El Efecto Mariposa, ahí es nada. Aunque podría ser La Globalización, Los Americanos, o El Diseño Sueco. Y ahí está él, el urbanita satisfecho, rodeado de otros urbanitas satisfechos quienes, al igual que él, creen deleitarse con la música o las palabras que escuchan mientras juegan con el embrague para contener el gasto de combustible. Todos maldicen -maldecimos- por igual la suerte y el interés variable, instalados de prestado por el TAE en el comfort made in Germany del compacto diésel que caga, sin pensar y sin remordimiento, litros de gases nocivos que se precipitarán, mistrales mediante, en la tierra de labranza de algún honrado eslavo que lo único que quiere es -él también-, que le llegue la hora de hacer llover CO2 y, así, poder decir que ya no cree en refranes, si no en conceptos.